miércoles, 19 de septiembre de 2012

Tribulaciones de una historia no pensada.



La intensión de este ensayo es la de hacer una especulación acerca de la falta de teoría  en la historia en México. La historia actual debería de poner más interés en este tema ya que es fundamental para la creación de una mejor concepción de la tarea del historiador. A veces al preguntársenos el por qué de nuestra carrera se cae en un silencio. El que se dedica a la   historia no encuentra los fundamentos que le dan sentido a la ciencia que estudia. Por eso es vital el hacer un estudio y  reflexión acerca del tema.
La crítica y la reflexión, considero, son como una especie de motor de la  teoría histórica. La importancia de estos dos conceptos, por lo menos en México, no ha sido tomada en cuenta como se debería. Es por esta cuestión que se habla de la falta de teoría de la historia en México. Cuando hablamos de teoría histórica mexicana inmediatamente vamos a nuestro único referente,  Edmundo O'Gorman, pero qué pasa con los demás estudiosos de la historia. ¿Acaso en México no existe un interés por explicar cual es el sentido de la historia para el ser humano?
Este tema casi no se toma en cuenta dentro de los estudios históricos ya que en él se ve una subjetivización del conocimiento histórico. Se le deja en cambio esta tarea a otras disciplinas como la filosofía. Y esto no pasa precisamente por una falta de capacidad  o pereza mental, como se suele pensar al comparar la situación de falta de teoría en nuestro país con la de otros como son los países europeos en los que el historiador es capaz de crear teorías sobre el fin de su profesión. La falta de reflexión y, por lo tanto de teoría, a mi parecer, se da por coerción, coerción de la que uno no está del todo consciente.
Desde un principio, me refiero a la creación de las instituciones, existe un tipo de alienamiento o enajenación de los estudiosos que se instala en las dependencias que se encargan de la producción del conocimiento histórico y es a través de éste que se regulariza el estudio de la historia. El estudioso que quiere ser parte de la institución o seguir en ella, debe de seguir las pautas que marca ésta misma o se vera en una situación de marginamiento.
Pero esta situación no solo se da en el campo de la historia o en el de las demás ciencias. En verdad se encuentra en todos lados. En la realidad cotidiana somos parte de un gran entramado de ideas, sentimientos u opiniones que llevan por fin el logro de ciertos intereses ajenos a nosotros mismos.    
Al parecer existe toda una estructura que da forma a una sociedad en la que el pensamiento libre y la reflexión no solo no son bien aceptados sino que incluso son censurados. Ésta censura puede ser muy bien camuflajada. Existen alrededor de nosotros cientos de distracciones que nos desvían de lo verdaderamente importante o significativo. Pero, ¿con qué fin se da está censura? ¿Cuál es la intención que se esconde detrás de ésta estructura? Y, sobre todo ¿Quién o quienes son los que ejercen ese dominio de nosotros?
 A partir de la reflexión el ser humano es capaz de entender al mundo y a sí mismo o, por lo menos, puede acercarse a un conocimiento que está más allá del conocimiento que se adquiere de forma empírica. El humano ya no se encuentra interpretando el papel de receptáculo de conocimiento solamente, sino que es capaz de generarlo y cuestionarlo. Es de este cuestionamiento de donde podemos extraer el germen de la crítica. La crítica, como decía José Ortega y Gasset, es una lucha, y como tal, es una personificación de nosotros mismos en un discurso. Es el discurso al que se quiere censurar.
Para mi es de vital importancia el uso de la reflexión y la crítica en la historia ya que sin ella sería casi imposible o imposible la creación de la teoría. Sería como alejar al ser humano de su historicidad, esto es, de su capacidad para ser creador de la historia (Heidegger).

La falta de teoría México

La teoría de la historia en México se nos presenta como un tema baladí. No es de importancia la reflexión en la historia, lo importante es la creación de hechos y el uso práctico que se le puede dar a estas construcciones. Si el estudioso de la historia hace uso de la teoría los resultados podrían ser de distinta índole. El trabajo podría ser parte de la filosofía, de la antropología o de la sociología, de todo, menos de la historia. 
La teoría de la historia es un tema en el que el historiador no debe inmiscuirse ya que esto representaría un grave problema para la legitimación del las instituciones y de las personas que verdaderamente ejercen el control de ellas.  Para las instituciones es de vital importancia el mantener a sus integrantes a raya. Si el investigador llega a representar un peligro, lo mejor que se puede hacer  es censurar su trabajo o desprestigiarlo.
Es importante ver el por qué de esta forma de actuar en el campo del conocimiento histórico. La falta de crítica o de reflexión en la historia y en las demás ciencias solo nos llevará a un estancamiento. La perpetuidad de estas formas de coerción sobre el investigador ha resultado en un declive de la forma misma en que se ve  a la historia.   
El problema que surge de la ya mencionada coerción de los “agentes externos”, como los llama Boudieu, en las investigaciones históricas es la falta de teoría. Esta falta de algo tan importante para la comprensión de cualquier campo de estudio, para la historia se transmuta en una inexistencia de la historicidad en el hombre.
Pero ¿qué se entiende por historicidad? Para definir de qué estamos hablando en cuanto a historicidad se refiere hago uso de lo que escribió Agnes Heller en su Teoría de la historia. Dice:
“La historicidad no es sólo algo que nos haya sucedido. No es una propensión en la que  nos podamos “deslizar” como si fuese un vestido. La historicidad somos nosotros, nosotros somos tiempo y espacio. Las dos “formas de percepción” kantianas no son otra cosa que la consciencia de nuestro ser. La conciencia de nuestro ser es nuestro ser. Las categorías apriorísticas kantianas – cantidad, cualidad, relación y modalidad- son secundarias desde un punto de vista ontológico. No son la conciencia d nuestro ser, sino la expresión del reflejo consciente en nuestro ser. Los seres humanos pueden concebir el tiempo y el espacio sin la necesidad de la cantidad, la cualidad, la relación y la modalidad (como el “tohu buhu”, la nada, el vacío universal), pero no pueden concebir ninguna categoría al margen del tiempo y del espacio. Incluso lo absurdo es temporal y espacial porque somos tiempo y espacio.”
Al pensar el ser humano es su historicidad y darse cuenta de que es tanto tiempo como espacio se hará consciente de sí mismo, esto significa que tendrá un conocimiento inmediato de su ser, de sus actos y de sus reflexiones. Y es esto parte importante de lo que nos distingue de otros seres, ya que es el hombre el único ser que se encuentra consciente de su finitud. Los hombres, dice Heller, son mortales. “Los animales perecen, no son mortales”. La historicidad se nos presenta con la estructura del ser y está estructura no es más que la existencia misma.
Este pensamiento claramente está sacado de la filosofía de Heidegger. Este pensador se dio a la tarea de hacer una teoría del significado del ser. En su obra Ser y Tiempo, pese a ser una obra que quedó incompleta, Heidegger plantea ideas centrales de todo su pensamiento. En ella, el autor parte del supuesto de que la tarea de la filosofía consiste en determinar plena y completamente el sentido del ser, no de los entes, entendiendo por ser, en general, aquello que instala y mantiene a los entes concretos en su entidad.
Si vamos más atrás de Heidegger nos vamos a encontrar con quien fue su mentor, Husserl, quien estudió la fenomenología. Este dato me parece importante por la repercusión que tiene en el pensamiento de Heidegger y por lo tanto en la historia. La fenomenología es una rama de la filosofía que estudia la interacción de los hechos (fenómenos) y de la conciencia. En la fenomenología la conciencia se mueve en tres tiempos, los cuales son: presente, pasado y futuro. A cada uno de estos tiempos le corresponde una capacidad de la mente. Al presente corresponde la sensación, al pasado la memoria y al futuro la imaginación (Marías, 1989). Considero que es de este pensar en los movimientos del que Heidegger saca su opinión de que el hombre es capaz de hacer historia. El hombre al crear su historia a través de la memoria desde un presente en donde actúan sus sensaciones (su interés) la lanza hacia un futuro imaginario con el fin de darle satisfacción a su “preocupación” teórica. Éste es un punto de vista muy personal.
Pero siguiendo el pensamiento de Heidegger la cuestión que sigue es la de ver qué es el ser. Para éste filosofo el ser es lo más comprensible y evidente. Todos somos capaces de comprender oraciones como “el cielo es azul” o “el mar es muy profundo”. Pero el hecho de que todos podamos entender el uso cotidiano del ser no significa que entendamos su sentido. Si se nos llega a preguntar qué es el ser difícilmente lo podríamos definirlo con otras palabras que no sea la misma de ser. Este concepto tiene algo de enigmático. “El ser no se puede definir” pero esto mismo plantea la cuestión de su sentido (Marías, 1989, p.415).
Lo que hace Heidegger es tratar de explicar el sentido del ser a través de la ciencia. Dice que la ciencia, como comportamiento del hombre tiene el modo de ser de este ente que es el hombre. A este ser él le puso el nombre de Dasein (Existir en). Pero el filósofo dice también que la ciencia no es la única forma de ser del existir. El existir se entiende por su ser; la comprensión del ser es una determinación del ser del existir.
El ser del Dasein , del existir , es la Existenz, la existencia. Heidegger llama existencial a lo que se refiere como la estructura de la existencia. El análisis ontológico del ente que como ya vimos es la existencia necesita una consideración previa de la existencialidad, es decir, el modo del ser del ente que existe.
Pero existen más entes aparte del ser. También existe otro ente que es el mundo, que igualmente cuenta con una estructura ya que éste ente está de igual forma  comprendido en el ser del existir.
La estructura de la que habla Heidegger es nuestra existencia. Es la que nos conforma como seres. Y nosotros como seres habitamos y nos desarrollamos en el mundo. Este mundo es posible de comprender debido a que está interiorizado en nuestro ser por la razón de que es en él donde nos desplegamos. Nos movemos en un espacio y también en el tiempo y estos dos conceptos son también parte de la estructura que es la existencia. Es por ésta razón que al hablar del ser se habla igualmente de tiempo y espacio. No fuimos ni seremos, somos, no estuvimos ni estaremos, estamos. Es de esta manera como llegamos a ser historia.  
Tomando en cuenta estas formas de ver al ser la pregunta sería ¿cómo se aplica esta concepción del tiempo y del ser que en el desarrolla en la historia? De qué manera aterrizamos la concepción de Heidegger en el conocimiento histórico. La respuesta tal vez sea encontrada en el autor que la trabajó en la historiografía mexicana. Este autor es Edmundo   O'Gorman.
 Edmundo   O'Gorman empieza su carrera en la historia en un tiempo de atraso en la institución. Éste atraso es claramente herencia de la corriente positivista del siglo XIX. En ella sigue aun vigente el paradigma que trata de entender a la historia como una más de las ciencias de la naturaleza. Son momentos en los que existe una cosificación de la existencia humana con el afán de transformarla en algo ajeno a la existencia misma. El argumento de Ranke, que es un “engaño o enajenación del pasado” (O'Gorman, p.149), es el que marca las leyes en los estudiosos de la primera mitad del siglo XX. Éste argumento es: “El pasado humano no tiene ni puede tener influencia sobre la vida”.
De igual forma Ranke hizo lo que O´Gorman llama un juicio vicioso que permitió el paso hacia una consideración teórica inauténtica del pasado. Ranke dijo: “El pasado es lo que realmente ocurrió”. Con éste cambio semántico se hace un truco de prestidigitación. El sujeto ya no fue este pasado, sino lo verdaderamente pasado, se convierte en un ser objetivo al que se le atribuye el predicado de haber ocurrido.
A pesar de que con este argumento Ranke trataba de convertir al pasado en un objeto de estudio, para poder delimitarlo desde la manera en que se hace en las ciencias naturales,  esto resultó ser una quimera. Al tratar a la historia como algo alejado de nosotros ésta no pasaba a ser un objeto  de la “preocupación” teórica de la que hablaba Heidegger sino que seguía en su papel pragmático o utilitario. Esto equivalía a seguir afirmando que la historia no era más que un depósito de experiencia.
Edmundo explica a que se refiere Heidegger con esto de la “preocupación”. La “preocupación” se debe entender como el existir del hombre entregado al mundo que lo circunda. Éste existir toma la forma de hábito en la que todo se trata de ver con un fin de “utilidad posible”. Ésta es la etapa en la que se encuentra la historiografía inspirada en Ranke. Es la simple utilización de la historia con un fin, utilización que se dará en la historiografía mexicana con la intención de crear un nacionalismo.
Lo que O´Gorman juzga de este paradigma es que en el no puede haber en verdad un conocimiento histórico de carácter científico ya que el origen de la ciencia es parte de la otra clase de “preocupación” que es la preocupación sabia, o sea la preocupación especulativa, de índole teorética. Si la historia sigue por este camino el discurso al que se llegará será el de fabricar existencias (hechos) y no objetos teóricos a los cuales delimitar a través de un cuestionamiento serio. Lo importante de esto es recalcar que ninguna ciencia es capaz de crear existencias, las ciencias parten desde la una existencia previa a el objeto que será creado por la investigación.
   Es de está manera que se llegó a convertir a los vestigios históricos en fuentes de información, simples materiales de un pasado muerto, una cosa lejos de nosotros. La historiografía solo trata de acomodar y clasificar en el tiempo a los vestigios y de está manera presentárnoslos como pruebas de una verdadera realidad del pasado. Es el pasado hecho cosa.
Lo importante de esto es que al hacer la historiografía un truco de imitación de las ciencias naturales trata de conseguir un fin en específico que es la legitimación como ciencia y obtener los beneficios que estas tienen. Los postulados de verdad que ostentan las ciencias de la naturaleza se transmiten a la ciencia de la historia. El estudioso de la historia se postula como un poseedor de la verdad, y ésta verdad se niega a ser combatida. Con esto se logra la extensión de la utilidad de la historia ya que tiene “posibilidades utilitarias, o sea que se consideran en su función de proposiciones de certidumbre absoluta y de necesaria, eterna y universal aceptación” (O´Gorman, p.163).
Para Edmundo la solución al problema de la historiografía en México tiene que venir desde afuera. Y es muy comprensible este modo de ver las cosas ya que el historiador no quiere perder el prestigio alcanzado con éste tipo de historia. A cualquier crítica simplemente dará la espalda. A los argumentos en contra de su oficio los verá como venidos de agentes extraños a su carrera. La que vendrá a encargarse de ejercer la crítica en la historia será la filosofía.
Lo que viene a dar el “cambio de perspectiva” en la historia es tarea de la filosofía y el historicismo. Lo que ahora se busca es el deshacerse de las imposiciones del método aunque esto sea visto como una herejía respecto a la ortodoxia metódica. El historicismo viene no ha mejorar o enriquecer la historia tradicional, viene a acabar con ella y es a través de la filosofía que se intenta armar una historia de carácter teórico.
Mientras la historia siga viéndose como una ciencia física o natural se está escondiendo a la preocupación que como historiadores nos debe importar. La historiografía naturalista “es un modo de ocultación de la posibilidad de llegar a conocer especulativamente a la historia” (O´Gorman, p.191). Existe un desvío del juicio.
Hay que recordar que Heidegger habla de un cambio de juicio para empezar a tratar bien un conocimiento y darle el carácter de científico. Edmundo usa el siguiente juicio: “El pasado es un deposito de experiencia humana”. Pero dice que esté juicio no es suficiente ya que implica aún factores prácticos. Si se lee de diferente manera el sentido cambia. “El pasado es algo que se refiere al hombre: que es nuestro”. Así, con éste cambio semántico, se logra hacer del pasado un ser objetivo: el pasado de atributo humano
El pasado se convierte en objeto especulativo. Existe una “precomprensión predeterminante” que delimita al pasado, de donde surgen cierto tipo de cuestiones. Ahora ya el pasado no sólo pasa a formar parte y tener influencia en nosotros, ahora es nuestro. Lo que pretendía la historiografía tradicionalista era el despojarnos de algo que por “herencia”, como pensaba Heidegger, nos pertenece. El velo de esta historiografía nos privaba de conocer nuestra historicidad. Nos ocultaba la posibilidad de ser auténticos y conscientes de nuestro ser.
Pero bien, esa historia tradicionalista sigue aún en nuestros días. La muestra está en que la teoría de la historia en México es todavía inexistente. Los historiadores siguen haciendo trabajos en los que la metodología del siglo XIX no se va del todo. Siguen llenándose de polvo en los archivos, siguen tomando al documento como una prueba de veracidad, siguen sin acercarse a otras formas de estudiar la historia. ¿A qué obedece éste comportamiento? Como ya he dicho anteriormente sigue existiendo cierta clase de presión sobre el investigador, ciertas fuerzas que lo obligan a aceptar los paradigmas impuestos o a las que no pone resistencia e incluso colabora con ellas. Claro que existen casos en los que el historiador sí tiene una verdadera vocación y lucha contra las imposiciones, las critica y enfrenta.
Cabe ver de qué forma la historiografía tradicionalista se encuentra en la actualidad, de que forma sigue trabajando y cual es su intención. Porque el que la historia se siga llevando de tal manera sirve a fines diferentes de los fines que solía seguir en los tiempos de O´Gorman.  Detrás de la historia actual se encuentra fuerzas más represivas y autoritarias.

 La historia en nuestro país

En Días de guardar (Monsivais, 1970, pag40) nos da una muestra de cómo el mexicano ve a la historia dice:
“Alguien siempre ha sostenido la no muy aparatosa tesis que afirma nuestra (plural de mexicanos) confusión cotidiana en lo relativo a las fronteras entre la historia y el folletón. Los límites jamás son precisos: puesto que la mayoría de los mexicanos hemos sido entrenados en el empeño de captar el nivel o la dimensión anecdótica de la historia (la propaganda habitualmente) , ya que se nos educó para vislumbrar como teoría general del pasado una serie de flashes que iluminan la escena de conjunto del tercer acto , se ha llegado, en una conmovedora confusión populista a historia con melodrama, historia con despliegue interpretativo, historia con caracterización de los personajes.”
La historia en México entonces solo se nos presenta como un gran compendio de anécdotas que caen como piezas de dominó una tras otra. Cada una representando un instante que precede al siguiente en una ilación que se desarrolla en el tiempo, pero cada una aislada a la vez de las otras. Para quien se acerque a la historia lo único posible de ver será una especie de drama, una historia de personajes que interpretan a los héroes de la patria, a los creadores o culpables de nuestra nación.
Historia es, viéndola desde éste enfoque, Hidalgo dando el grito de Dolores en una fría madrugada, es Carmen Serdán defendiendo su casa, es la Corregidora en 1810 avisándole a los conjurados el descubrimiento del complot, es la batalla vencedora del ejercito mexicano ante los enemigos franceses, es un “El respeto al derecho ajeno, es la paz”, es Juan Escutia saltando envuelto por el lábaro patrio, es la mitificación del patriotismo nacional. Jamás la historia será la de los movimientos sociales, la de la criminalización de la protesta, la de los desaparecidos, la de los fraudes electorales y mucho menos la de los hechos recientes como la lucha del SME.
El panfleto es la forma que toma el conocimiento histórico y es usado a favor del régimen en el que vivimos. Es una manera de permear en la sociedad la legitimidad de su situación. En ella existe toda la intención del engaño y la confusión. La historia en México es, en palabras de Claudio Lomnitz (1998), una “Ruina modernista”.” La prisa por legitimar una presidencia o un gobierno se enreda con la economía del gasto público, y ambas se confabulan en una producción de auténticos monumentos – inhóspitos y enajenantes para el usuario al que estarían destinados: “el público”.- a la grandilocuencia y la corrupción de las élites gobernantes”.  
En un ensayo de Bolívar Echeverría (fallecido hace poco) titulado Los indicios y la historia (2006) se nos habla de una historia escrita a contrapelo. Está es una historia escrita a partir no de los vestigios que dan pruebas irrefutables o llamadas verdaderas que dejan tras de sí los acontecimientos estimados de grandes y decisivos por los protagonistas o sus historiadores, sino escrita precisamente por la ausencia de ese tipo de pruebas que se pierden con el acontecer de la vida misma.
Para explicar éste tipo de historia Bolívar se remite al ensayo de Ginzburg sobre el paradigma indiciario. Ginzburg es famoso por su microhistoria en la que saca a la luz aquello de la historia que no es del todo visible o que fue borrado. Es de esta manera que le fue posible el hacer un libro como El queso y los gusanos con tan poco material ya que él trata de encontrar esos datos perdidos o que se podrían, por decirlo así, leerse entre líneas.
“Si la realidad es opaca, existen ciertos puntos priviligiados –señales, indicios- que nos permiten descifrar. Esta ida constituye el núcleo del “paradigma indiciario” o “sintomatológico” (ginzburg).
Lo que se entiende por indicio no es precisamente lo que conforma una parte de algo mucho más grande y que es insuficiente o innecesario. Por ejemplo los vestigios que ha dejado un músico para su estudio son su obra, las partituras que quedaron, son el instrumento que tocaba, las grabaciones que dejó, los testimonios sobre él, biografías, fotografías, entrevistas etc. A pesar de tener tanta información sobre el músico ésta no puede ser declarada como suficiente y dejar de lado los indicios. A toda esa información hay que tratarla como indicios. Esto es importante por que los indicios son “huellas de vida” (Bolívar, 2006).   
Escribe Bolívar Echeverría:
“En efecto, al ser empleados como pruebas del discurso biográfico, los documentos solo muestran su cara manifiesta o luminosa; todos ellos tienen sin embargo, al mismo tiempo otra cara, una cara oculta, que está en lo oscuro y que los convierte necesariamente en indicios”.
La historiografía tradicional está llena de datos y vestigios que se nos hacen pasar por verdaderos. Sin embargo esta cantidad de información a veces trata de ocular algo en su interior, algo de lo que no se nos quiere hacer partícipes. Se nos muestra una historia con huecos, pero es en estos huecos donde se encuentran los indicios. Los indicios invitan a la interpretación. El indicio es un dato que esta allí en lugar de la prueba que falta o más allá de la prueba existente. El indicio es algo que por necesidad fue vedado.
En el caso de la historia en México podríamos encontrar cantidad de indicios ya que es escrita con toda la intención del engaño. Es la historia oficial, la historia que se escribe desde arriba por encargo. Es la historia que institucionaliza y educa a la población. Es, por lo tanto, la historia en la que los indicios deben ser interpretados para saber qué es lo que se esconde. Si como seres humanos tenemos deberes con nosotros mismos y con los demás, de igual forma al ser seres que somos historia tenemos un compromiso con la historia misma.

Bibliografía:

O´Gorman Edmundo, Crisis y porvenir de la ciencia histórica, Imprenta universitaria, 1947, pp.137-217.
 Marías Julián, Historia de la filosofía, Alianza universidad textos, 1989, pp.413-419.
Heller Agnes, Teoría de la historia, Fontamara, p.9
Monsiváis Carlos, Días de guardar, ERA, 1970, p.40.
Bolívar Echeverría, Los indicios y la historia en Vuelta de siglo, ERA, 2006, pp. 131-143.

lunes, 16 de julio de 2012


Alfonso Reyes
(El hombre cuya obra se desborda)

José Roberto Conde Morales.


Un hombre yace inmóvil y ausente. Un hombre yace ausente y callado; el mismo hombre que alguna vez “Venció con la voz y la presencia”[1]. Un hombre yace callado y abatido por la cruel ráfaga de la resistencia y la moderna tecnología. Observando anhelante las puertas de Palacio Nacional, su mirada ya no es la misma; le falta el brillo del sol que se refleja en el suelo regiomontano, tierra en la que su figura de valiente y poderoso fue pilar de gobernabilidad y orden aparente. Un hombre yace inmóvil, callado, ausente y abatido en pleno zócalo capitalino. De su cuerpo ya no mana el calor de los días de batalla y de gloria que se remontan a sus mocedades de dieciséis años. Su cuerpo yace tendido al sol al igual que el cuerpo de aquél emperador, a quien se encomendó reinar en el segundo imperio mexicano y quien tenía  por esposa a la loca del castillo de Bouchout , al que él vio ser fusilado tras el sitio de Querétaro. Un hombre yace tendido mientras el frio de la roca histórica, cuyo fondo tiene una visión completa del valle de Anáhuac, lo ha invitado a llevarlo a sus entrañas. El hombre yace frio y muerto; el hombre es ya uno más de nuestros muertos. El hombre es Bernardo Reyes.   
Amigo y colaborador del Caudillo, se ha levantado contra el Maderismo fraguando el plan que la soledad le ha inspirado en Tamaulipas. Será condenado a muerte por este hecho, muerte que no llega en el momento, pero condena irrefutable en el pronto devenir. En Santiago Tlatelolco, lugar de esperanza y represión,  aguardará por el cruel destino hasta que el primero de los diez días trágicos y funestos de Febrero  aparezca  en las páginas del calendario de 1913.
Pero el apellido Reyes y su linaje no se han esfumado  con la lluvia de proyectiles que sobre la nación, y sobre el general Bernardo,  parece caer a tropel. Como todo buen ciudadano de la época se ha asegurado de que su sangre siga fluyendo, y en abundancia, más allá del zócalo; se ha asegurado de que su sangre no sólo sea ese charco en el que ahora descansa.  Su sangre, junto con la de su compañera Aurelia Ochoa, fluye y da vida a doce personas más: Bernardo, Rodolfo, María, Roberto, Aurelia, Amalia, Eloísa, Otilia, Alfonso, Guadalupe, Eva y Alejandro.  El noveno en la lista pasará a la historia junto con su padre. Ejemplos muy escasos (sin tomar en cuenta los linajes reales en los que la casualidad o destino cuentan más que los atributos personales)  se han dado en las páginas que guardan la memoria de la humanidad: Alexandre Dumas y Alexandre Dumas hijo; José María Morelos y Juan Nepomuceno Almonte; Paco Ignacio Taibo I y Paco Ignacio Taibo II;  Luis Villoro y Juan Villoro; etc.  
La muerte del padre será un parte aguas en la vida de Alfonso Reyes. Debido a esta se exiliará en París. El hijo de un “traidor” de la patria no tiene más opción que ésta. Su hermano también se ha unido al gobierno del Chacal espurio Victoriano Huerta. En París se unirá a la Legación mexicana. Su estancia en Europa, particularmente en España en la que pasa diez años de su vida,  servirá  para que su talento y erudición se confirmen. A su regresó será ya conocida su fama  de escritor, ensayista, periodista, investigador y poeta, lo que ocasionará que desempeñe importantes cargos en la construcción de la revolución institucionalizada.  
Alfonso Reyes, el regiomontano universal, fue uno de esos hombres tocados  por  el encanto que la palabra  manifiesta  entre el mundo,  las cosas y el hombre  y que es poco apreciado por las mayorías. Es el mismo encanto el que lo mantuvo horas y horas devorando todo lo que llegara a sus manos en forma escrita; y fue ese mismo deleite de la palabra lo que lo condenó  -condena  del artista por la imposibilidad de no hacer a diario su arte-  a pasar la vida entera suspendido de la pluma con que dibujando  escenas, reflexiones, divagaciones, poemas, ensayos, críticas, traducciones e investigaciones se han llenado las páginas que forman su vasta obra. Sobre la escritura Reyes dice:
“Escribir es como la respiración de mi alma, la válvula de mi moral. Siempre he confiado a la pluma la tarea de consolarme o devolverme el equilibrio, que el envite de las impresiones exteriores amenaza todos los días. Escribo porque vivo. Y nunca he creído que escribir sea otra cosa que disciplinar todos los órdenes de la actividad espiritual, y, por consecuencia, depurar de paso todos los motivos de la conducta.”[2] 
Allegado a los clásicos, Alfonso Reyes no fue un escritor precisamente nacionalistas cuya inspiración proviniera de los paisajes, costumbres, historia, gente e idiosincrasia del país de origen. Las imágenes que de su pluma salieron a la luz como manantial aparentemente inagotable de sabiduría y erudición invitan al lector a terrenos más profundos del alma occidental e internacional. Sus temas no tiene que ver con la historia de una región; sus temas tratan de abarcarlo todo. Su inspiración viene de la cuna en la que reposa la civilización del occidente y su estilo se basa en la búsqueda de las formas más bellas. “Ya sé que hay grandes artistas que escriben con el puñal o mojan la pluma en veneno. Respeto el misterio, pero yo me siento de otro modo. Vuelvo a nuestro platón, y soy fiel a un ideal estético y ético a la vez, hecho de bien y de belleza.” [3]     
Nacido en Monterrey, el 17 de mayo de 1889, fue criado en cuna condecorada por el régimen existente. Su padre,  eminente hombre de guerra, ocupó el cargo de gobernador en el estado norteño de Nuevo León. De igual forma,  el general Bernardo Reyes fue nombrado por el Caudillo como su secretario de guerra y marina. Por este motivo Alfonso Reyes vino al mundo con una gran de ventaja sobre la mayor parte de la población; ya que en esta  época tan sólo menos de una cuarta parte de la sociedad mexicana de finales del siglo XIX y principios del XX se podía apreciar a sí misma como parte de ese grupo que escapaba a la pobreza cruel y a la marginalidad necesarias de la modernidad porfiriana para la construcción del progreso material. Su familia fue perteneciente a esa élite que se encargaba de dar perpetuidad al orden y a la paz construida a base de violencia y represión de que tanto se ha escrito en la historia nacional.
Fue en ese ambiente de paz en el que el joven Alfonso Reyes comienza su formación académica. En los colegios de Monterrey será educado bajo los preceptos del liberalismo y positivismo reinantes que buscan la formación de ese “hombre nuevo”[4] que pueda poseer los valores morales para liberarse. Fue inscrito en Liceo Francés de México y en el Colegio Civil de Monterrey; ya en la capital, será uno más de los jóvenes que pasaron a engrosar las filas de la Escuela Nacional Preparatoria; también estudio en la Escuela Nacional de Jurisprudencia, que tiempo después sería la Facultad de Derecho de la Ciudad de México, en donde el 16 de Julio de 1913 se graduó de  abogado.[5]  Los chicos de esta época fueron educados para ser los pilares que sostuvieran  todo el conjunto ideológico de la modernidad capitalista naciente; se trataba de uniformizar a la educación para crear hombres, que en palabras de José Emilio Pacheco, llegaran a ser “egoístas, violentos, ambiciosos, materialistas”. Los encargados de la instrucción pública “dan al mexicano la misión de alcanzar cualidades sajonas”.[6]
Pero Reyes, al igual que un distinguido grupo de Jóvenes sensibles al cambio de siglo, no cae en las categorías que el momento trata de imponer. La ideología positivista, con su orden y progreso, es rechazada por un naciente humanismo que se da entre muchos de los egresados de la Escuela Nacional Preparatoria. Este recinto había funcionado como bastión de la ideología dominante (científica)  y en sus aulas la educación era fragmentada de tal forma que sirviera al avance de las ciencias, haciendo de lado las cuestiones consideradas como morales o metafísicas. El humanismo tenía muy poco espacio en este lugar. Sin embargo, un grupo de muchachos, cansados de la rigurosidad de los modelos aprendidos en las diversas instituciones a lo largo del país, tuvieron la idea de formar un grupo en el que la filosofía, la literatura, las artes, el libre pensar y la valoración de la antigüedad clásica tuvieran una voz propia fuera de las aulas.  Esta idea se vio concretada en 1909 con la formación del Ateneo de la Juventud, del que Alfonso Reyes fue pionero.
La educación que este grupo tuvo, así como la ideología con la que fueron construidos, ya no era coherente con los nuevos tiempos. La figura del Dictador, héroe del pasado y salvador de México, ya era caduca e inverosímil. Se encontraban viviendo entre la “Ficción Liberal”, en la que se defendía la idea de un país en el que la democracia era real y efectiva; y la ficción científica y excluyente en la que sólo un pequeño grupo era privilegiado en detrimento de las mayorías; todo esto sostenido aún por la figura de Porfirio Díaz al que los años parecían cobrarle sus andanzas.
Cansados de la academia, los ateneístas se enfrascan en la reflexión y la divagación. Los clásicos son despertados de sus tumbas y se los hace ser escuchados en las noches de algarabía y júbilo que el grupo organiza.  Se lee a Kant y a Nietzsche; a Platón y a Walter Pater; a Émile Boutroux  y Henri Bergson. Son las noches en las que la revolución cultural comienza a fraguarse. Es en este punto en el que lo revolucionario y nacionalismo tiene su expresión: la transformación de la cultura. Las conferencias empiezan a llegar a la sociedad, se hacen de forma abierta con el fin de culturizar al pueblo.  La cultura que el Porfiriato buscaba imponer tenía los ojos dirigidos a Europa, a Francia en específico. “Volved los ojos al suelo de México, a los recursos de México, a los hombres de México…a los que somos en verdad” dice Antonio Caso en una de las conferencias organizadas por el Ateneo. La meta de los ateneístas es conseguir la libertad de pensamiento y cátedra así como así como la consecución de una estética mexicana. El apoyo en lo clásico y europeo se convierte en el punto de partida hacia lo auténticamente mexicano.  Algunos de ellos pasaran tiempo en Europa aprendiendo de las nuevas tendencias artísticas.  
Para Alfonso Reyes ésta será una etapa de despertar: sus preocupaciones apuntan hacia la crítica del modelo ideológico seguido hasta entonces y a sus impaciencias literarias. Para Alfonso es necesario un cambio de paradigma en cuanto al modo de enseñanza y el formalismo educativo que sólo encasilla al ser humano en un delimitado campo de aprendizaje. Para él la búsqueda de la formación completa debe de ser un patrón a seguir que ayudará a la población a renacer con nuevos valores inspirados en un humanismo contrario al materialismo desgastante del ser moderno. La literatura, la música, la pintura, la cultura etc. son en su obra el material de construcción de una humanidad más consciente.  En cuanto a sus preocupaciones literarias y lingüísticas, podemos encontrar de manera temprana una visión sobre el lenguaje culto y el lenguaje vulgar; sobre el qué hacer y el cómo hacer del escritor; se pregunta acerca de la estética  y de la ética en el arte. En cuanto a la lengua, se  pregunta cuál de las dos tiene una mayor preeminencia, ¿la vulgar o la culta?; cuál es la que merece prevalecer.  Reyes no niega la importancia del pueblo en la transformación del lenguaje; no es un escritor que ve al vulgo como ese inmenso asesino de lengua. A pesar de que en su obra es apreciable un gran cuidado de la estética en las palabras, sabe que la lengua vive en los que la hablan; y que por su parte, el lenguaje culto es más parecido a una construcción que a un ser vivo. En uno de sus ensayos dice lo siguiente: “Por otra parte, hay que desconfiar de nuestro orgullo. Lo que hoy es un barbarismo pudiera ser la forma lícita de mañana. El vulgo, con sus barbarismos,  previene y cultiva la futura etapa del idioma. Si a los cultos estuviera confiado dar el aliento a los idiomas, todavía estaríamos hablando el latín.”[7]
La Revolución Mexica vino a provocar una ruptura de todo lo ya establecido en el país. No se trató tan sólo una etapa de lucha entre diferentes y variados grupos sociales con el fin de derrocar a un dictador, ni tampoco fue el simple hecho de cambiar una élite por otra; la revolución es una lucha de proyectos entre los diversos intereses de la época. El maderismo parecía ser en sus inicios el triunfo de la contienda. Sin embargo dicho triunfo no fue duradero y, como hemos visto, la lucha continuó hasta el año de 1917 en el que, con la proclamación de la constitución del 17, se da comienzo a la Revolución institucionalizada. En el año de 1913 se da un golpe contra el gobierno Madero en el que muere el general Bernardo Reyes. Como ya se ha mencionado arriba esto, más la participación de uno de sus hermanos en el gobierno de Huerta, provocó el exilio de Alfonso Reyes a Europa.
París fue para Reyes el lugar de un destierro al que se puede calificar de más o menos honorable. En este país desempeñó un modesto cargo diplomático. Pero el lugar en donde se haría de fama internacional fue España. Si a su llegada a Europa había sido un empleado de gobierno agotado por las innumerables tareas consulares que sobre él recaían, para su salida de Europa ya era un afamado embajador. En España, de 1914 a 1924, consolida su oficio literario y, más importante, depura su estilo. De este periodo datan obras como:   Visión de Anáhuac, Cartones de Madrid, El suicida, El cazador, Calendario, El plano oblicuo, Huellas, Ifigenia cruel y Cuestiones gongorinas.[8]
En Plano Oblicuo se encuentra una de las narraciones más intrigantes de Alfonso Reyes: La cena.  Cuento fantástico que llega a ser tomado como surrealista y que deja al lector con una sensación de pérdida y mareo en su tiempo circular. Otro cuento contenido en Plano Oblicuo es La primera confesión en el que el autor deja al lector con una gran duda; parece que al cuento le faltaran esas páginas imprescindibles para descubrir el misterio que la penitencia guarda.  
La variedad de los temas es uno de los aspectos característicos en la obra de Reyes: temas de la niñez, reflexiones sobre la pintura y los pintores; narraciones de sucesos fantásticos y acercamientos a la cultura europea; crónicas y artículos periodísticos; ensayos que rayan en lo filosófico; investigaciones profesionales de la literatura; poemas y prosas de gran belleza y calidad; la novela “cinematográfica”. Toda una gama de escritos se hacen presentes en Reyes.    
 Visón de Anáhuac es quizá la obra más conocida de Alfonso Reyes o por lo menos es de la que más se ha escuchado hablar. (caso como el de el Quijote del que todos hablan pero pocos leen). En ella el autor hace una descripción, basándose en fuentes de primera mano (cronistas), de las impresiones de los primeros conquistadores al encontrarse en el  basto valle precolombino. Hace un esfuerzo literario por ubicar al lector en el paisaje; las montañas, la verdura del valle y la parcelación de la laguna:
Dos lagunas ocupan casi todo el valle: la una salada, la otra dulce. Sus aguas se mezclan con ritmos de marea, en el estrecho formado por las sierras circundantes y un espinazo de montañas que parte del centro. En mitad de la laguna salada se asienta la metrópoli, como una inmensa flor de piedra, comunicada a tierra firme por cuatro puertas y tres calzadas, anchas de dos lanzas jinetas. En cada una de las cuatro puertas, un ministro grava las mercancías. Agrúpanse los edificios en masas cúbicas; la piedra está llena de labores, de grecas. Las casas de los señores tienen vergeles en los pisos altos y bajos, y un terrado por donde pudieran correr cañas hasta treinta hombres acaballo.”[9] 
La cultura del México prehispánico se hace presente a través del relato de las costumbres: el mercado, la arquitectura, la figura del emperador, etc. No deja de lado el simbolismo tan rico con el que contaban los antiguos moradores del periodo precolombino:
Flor era uno de los veinte signos delos días; la flor es también el signo de lo noble y lo precioso; asimismo, representa los perfumes y las bebidas. También surge de la sangre del sacrificio, y corona el signo jeroglífico de la oratoria. Las guirnaldas, el árbol, el maguey y el maíz alternan en los jeroglíficos de lugares. La flor se pinta de un modo esquemático, reducida a estricta simetría, ya vista por el perfil o ya por la boca de la corola. Igualmente, para la representación del árbol se usa de un esquema definido: ya es un tronco que se abre en tres ramas iguales rematando en haces de hojas, o ya son dos troncos divergentes que se ramifican de un modo simétrico.”[10]
En este mismo libro Reyes nos da su visión de la historia. En ella plantea que es esta maestra de vida es la que nos puede hacer apreciar el paisaje y la cultura de una forma más completa y sustancial; sin ella todo en el mundo se nos puede presentar carente del verdadero significado; tan sólo nos sería posible ver un fantasma de la realidad:
Cualquiera que sea la doctrina histórica que se profese (y no soy de los que sueñan en perpetuaciones absurdas de las tradiciones indígenas, y ni siquiera fío demasiado en perpetuaciones de la española), nos une con la raza de ayer, sin hablar de sangres, la comunidad del esfuerzo por domeñar nuestra naturaleza brava y fragosa; esfuerzo que es la base bruta de la historia. Nos une también la comunidad, mucho más profunda, de la emoción cotidiana ante el mismo objeto natural. El choque de la sensibilidad con el mismo mundo labra, engendra un alma común. Pero cuando no se aceptara lo uno ni lo otro—ni la obra de la acción común, ni la obra de la contemplación común—, convéngase en que la emoción histórica es parte de la vida actual, y, sin su fulgor, nuestros valles y nuestras montañas serían como un teatro sin luz”. [11]
Alfonso Reyes es uno de los escritores más importantes de nuestro país. Su obra es de carácter descomunal. Casi treinta tomos del Fondo de Cultura Económico han sido dedicados a sus letras. Harían falta muchas páginas para hablar de Reyes y  su obra. En este trabajo me he delimitado a sus primeros años tomando como punto de partida la muerte de su padre que fue un suceso emotivo y  determinante, para después ir hacia atrás en la cronología de su vida. También lo he ubicado más que nada en el momento revolucionario de México en el que la transformación cultural empieza a hacerse presente. La etapa en la que vive en España y se forma como verdadero escritor y en la que adquiere fama mundial puede ser motivo para seguirse en otro trabajo.   




[1]Reyes  Alfonso "ALBORES" Pág. 154.
[2] Reyes Alfonso, Obras completas, FCE,Tomo 4, Pag.451.
[3] Ibim.p.451.
[4] Guerra Francois Xavier,México: del antiguo régimen a la Revolución, México, FCE, 2T, 1988. P. 395.
[5] http://es.wikipedia.org/wiki/Alfonso_Reyes_Ochoa
[6] Pacheco José Emilio,( …)1969,p.34.
[7] Reyes Alfonso, Obras completas, FCE,Tomo 3,p.144.
[8] http://cvc.cervantes.es/literatura/escritores/a_reyes/entorno/martinez.htm
[9] Reyes Alfonso, Obras completas, FCE,Tomo II, P.18
[10] Ibim.
[11] Ibim.

sábado, 7 de julio de 2012


Las Jóvenes calles de Julio.
Roberto Conde.

Las calles rejuvenecen en estos días en los que el polvo se asienta con facilidad sobre ellas. El tiempo parece haber dado marcha atrás casi un siglo. Las huellas de miles van levantando el polvo marchito que sexenio tras sexenio se cimienta sobre los trazos de la nación. Y quedan como impronta imborrable en la cera de la memoria colectiva. El ayer de hace 83 años  está más que presente en los ánimos de los que dan por vencida la contienda.  Reina en  los  que un pasado trata de imponer y dar su versión de los hechos. Es el pasado defensor de los mejores tiempos; defensor de una nostalgia de lo menos “pior” Pero este pasado no es el de los mexicanos ni el de los historiadores serios: es el pasado de algún puño de traidores que construyen ficciones y traman una realidad más que fingida.
Modernidad sobre modernidad ha venido dejando al pueblo con un lastre insoportable hacia el pasado. El discurso de ellas es el del porvenir que ya está aquí. El ahora democratizado  del que tanto se presume en la actualidad se parece tanto al ahora de Porfirio; al ya de Ávila Camacho; al hoy de Díaz Ordaz y de Echeverría. Se le ha vendido a un precio demasiado caro al pueblo la idea barata de una democracia adecuada a las circunstancias del siglo XXI. Democracia fallida cuyo centro está plagado con  prácticas que  no son diferentes a las del siglo XIX. Se trata de la ficción liberal; de la ficción democrática. Es la ficción que crea realidad de la misma manera en que la televisión crea historias inverosímiles a todas horas del día.
El pasado debe de estar presente, de eso no cabe la menor duda. Pero debe de estar presente como memoria en los ciudadanos: ese ser de lo que ha sido compartido por el grupo; ser auténtico e imborrable en el mundo; ser que se encuentra en constante lucha contra el olvido. Desde los ámbitos de la memoria se sacarán las fuerzas y las armas para negar el pasado por encargo creado  desde arriba. La memoria maestra y amiga, eslabón entre los humanos, jamás debe de ser borrada con discursos y palabrerías engañosas. Si esto no pasara se caería en  la imagen errónea del presente continuo; ese presente en el que al parecer todo es y ha sido tal y como se nos presenta. Es la continuidad de lo ya establecido y de lo que no tiene ni se puede encontrar escapatoria.  
Las calles rejuvenecen en estos días en los que un pasado fantoche parece estar más que presente. Pasado que niega su inexistencia y se rehúsa a dejar de ser y mentir. Rejuvenecen por que es necesario y  así lo amerita; porque de lo contrario, quedaran como ruinas sobre las que la modernidad impondrá su terrible sello de autenticidad y novedad.  Rejuvenecen con el ritmo de los que estudian; de los que saben y se informan; de los que ya no aceptan imposiciones ni caen en clásicos discursos de apatía y resignación; de los que ya no callan, gritan  y viven ilusionados por lo que los demás ven tan distante e imposible. Su marcha ha venido a dar aires de respiro, provenientes del oriente, a un cuerpo que ha pasado por mucho tiempo raquítico e inmóvil. Dicen ser 132. Habrá que contarlos mejor.

Puebla 8 de Julio de 2012.

jueves, 11 de agosto de 2011

Here with you

Here with you

R.C.M




Cómo describir aquella sensación de profundidad y melancolía en la que caía estrepitosamente. La música sonaba frenética, solo podía escuchar el coro de aquella canción, I love being here with you, con una voz profunda, quizá Diana Krall.
De pie como esperando quien sabe qué cosa, cobijado por la sombra de un árbol, el tiempo pasaba en un lento devenir. Podía escuchar  como la brisa seguía su pacífico camino a través de las hojas violetas de esa extraña, pero a la vez familiar, mezcla de majestuosidad y naturaleza que se levantaba frente a mí. El tronco se erguía hacía una región inalcanzable, sus ramas arañaban aquella bóveda de azules y naranjas. Pensé en que ya había estado en aquél lugar. Recordé esa sensación de oquedad en el espacio, un lugar que se encontraba fuera de lo inteligible.
La  corteza dibujaba extrañas figuras, como una especie de collage, en las que era posible ver, con suficiente imaginación, historias pasadas, recuerdos distantes, hechos que escapan a la memoria pero que nos asechan constantemente. El árbol guardaba en sí un poco de magia.
Siguiendo la línea vertical que del suelo a la copa se extendía era posible escuchar un poema –no tan bueno en realidad-  que contrapunteaba con la voz de Krall. De igual forma, recorriendo horizontalmente la curva del árbol, me era posible distinguir un cuento casi olvidado. Un niño inquieto al que le gustaba envenenar hormigas era lastimado debido a la traición de  su primer amor. Me pregunté si tal vez, regresando por la misma curva, me sería posible cambiar el final y que la escuincla recibiera su merecido. No lo intenté.  
 A medida que los recuerdos eran conjurados, la música se hacía más clara. Podía escuchar un nítido y cadencioso contrabajo que parecía caminar con prisa, así como también me era posible escuchar  los acordes que se tensaban y relajaban continuamente de un  piano muy piano.
 I love the east, I love the west, pero en este mundo esos puntos se confundían, la redondez hacía imposible distinguirlos. ¿Era el intolerable universo del que Borges se despedía dejando el legado de la nada? Seguramente, un mundo de laberintos, de palabras, de arquetipos y símbolos difíciles de retener en la memoria. Sí, en realidad me encontraba en un lugar familiar, qué lugar puede ser más familiar que la patria común (patria de los muertos para Paz)  a la que regresamos cada noche.
Alguna vez leí, y  también lo se de propia experiencia, que cuando te das cuenta de que todo es un sueño, el despertar es casi inmediato. Es tal el  sobresalto que causa verte dentro de ti mismo que tienes que regresar inmediatamente.  Pero esta vez eso no pasó. Suelo tener una clase de complicidad con mis sueños, hacer lo que de otra forma no sería posible. Alguna vez volé, no tan lejos, pero volé.
Como en todo lugar donde el tiempo es escaso, o así nos parece, o en todo caso no lo hay, las horas se convertían apenas en minutos. El swing seguía incansable, la batería en el fondo parecía acelerar dándole continuidad a la situación. En verdad no existía  orden en la música, venía a tropel en mis oídos. I love being here with you y la batería, así como el piano piano y el contrabajo presuroso acompañado de un love it´s such a pretty game, creaban una atmósfera particular.
Pude comprobar de soslayo que no me encontraba sólo, algo llamó mi atención. Había un testigo, solo que este no dejaba crecer su uña. Un pie asomaba desde el lado contrario a la cara que yo podía ver del árbol como si fuera una raíz más. Parecía estar vigilándome. Me pregunte quien podría ser el propietario de aquél  pie  aunque, juzgando la forma y la belleza del mismo (el pulgar estaba adornado por una uña roja o quizá naranja), podía estar seguro que se trataba de una propietaria. La blancura y tersura del empeine contrastaba con las formas oscuras y el cuerpo estriado del árbol. La imagen solo duro unos cuantos segundos.
Me precipité con lento y silencioso paso hacía el árbol, y a medida que me acercaba parecía incrementar su tamaño exponencialmente. Era como esos enormes ahuehuetes que simulan ser murallas.
 Pude ver otra vez que el pie se asomaba. En cierta forma algo me incomodaba. Esta presencia no era normal, era como una especie de intruso, algo fuera de contexto (si es que esto se aplica), quizás un recuerdo obstruido por el tiempo, una memoria de naturaleza agorera.
El pie se movía ondulante en el aire dando un pequeño golpe a intervalos regulares en el piso y después en la orilla de la raíz que sobresalía del suelo. Este intruso no solo me incomodaba con su presencia, sino que me demostraba, siguiendo un ritmo, que era capaz de escuchar la música de diferente manera. A las melodías, percusiones y armonías éste ser les daba forma y sentido.
Concentrándome en el beat que llevaba aquel, ya para esos momentos, conocido pie, de aquella aún desconocida mujer, me fue posible también darle orden a la canción y de paso al sueño. No me encontraba como siempre en una más de mis ya conocidas pesadillas. El desorden y caos se convirtió en Jazz. El piano acompañaba a un  solo de guitarra que hasta ese momento no me había sido viable escuchar. Al arrastre de las escobillas seguían tenues golpes en los platillos y gordos impactos al bombo. Era por fin capaz de escuchar las melodías unas sobre otras contrapunteando verticalmente y horizontalmente.
A partir de ese momento las cosas tomaron otro color. A la cascada de sensaciones se le sumó un constante flujo de interrogantes. ¿Quien era esa extraña figura que tan solo me mostraba una parte de su ser? Creí por un momento que alguien, usando no se que trucos, había sido capaz de inmiscuirse en algo tan personal como un sueño. Después surgió otra duda, ¿sería posible que yo también fuera el sueño de alguien más? No seas tonto pensé, eso solo pasa en los ya clásicos y buenos cuentos, no en éste.
Pero la música seguía. La canción era ya para entonces más que conocida y sobre todo  hermosa. Pude escuchar con atención el coro y, definitivamente no era Diana Krall la que cantaba. Era una voz diferente, un poco más joven y penosa, que me llevaba de la mano en un ir y venir de dicha y frustración. Definitivamente no era una sorpresa descubrirme nuevamente en ésta situación. Ya la había vivido. Lo difícil era saber donde y cuando.
Cansado de seguir con la duda, me decidí a dar con la dueña del pie. Camine siguiendo  orilla del árbol, apoyando los pasos en las gruesas raíces que de él brotaban. Las raíces eran resbalosas y la tierra que había entre ellas estaba cubierta por agua a manera de pequeñas lagunas. Cada vez que daba un paso quedaba atascado en el abundante lodo. Era como caminar por un tablero de ajedrez en el que pisar negro es caer y pisar blanco naufragar.
La curva del árbol parecía no tener fin. A este paso lento y dificultoso era casi imposible dar alcance al pie del que ya solo podía ver la parte trasera. El talón levantado me dejaba apreciar la planta del pie y una parte de la pantorrilla. Se estaba moviendo. Huía de mí y lo hacía con un lento paso, sabiendo que no dependía de mi astucia y rapidez el descubrirla. Tras varios minutos de seguir aquel juego caí agotado, era un cansancio jamás experimentado.
Siempre es el mismo andar - dijo una voz-. No aprendes.
Alcé la mirada y no había nadie. Pensé que quien hablaba era yo mismo. Ya sabes,  esa voz que siempre nos acompaña y nos hace hacer cosas a veces inteligentes, pero la mayoría llenas de estolidez que suelen resultar bien.  Me levanté y sacudí mis ropas, que de nada servía, y me preparé para irme sin saber a dónde ni cómo. Las cosas se habían puesto raras. Di vuelta y emprendí el camino con un sentimiento lleno de frustración.
¿Ya te vas? – Dijo la voz-.
Volví la vista atrás…….y como en una epifanía, apareciste tú, como en cada esquina sin cita previa, como en cada zaguán del que sales de las sobras, como en cada clara tarde, como en los teatros donde no actúas y la música donde no cantas y yo regresé a mi etapa lítica nuevamente y el silencio se hizo presente. Ya solo quedó el tiempo que se me fue como siempre, mientras te veía hundir en lontananza.