lunes, 16 de julio de 2012


Alfonso Reyes
(El hombre cuya obra se desborda)

José Roberto Conde Morales.


Un hombre yace inmóvil y ausente. Un hombre yace ausente y callado; el mismo hombre que alguna vez “Venció con la voz y la presencia”[1]. Un hombre yace callado y abatido por la cruel ráfaga de la resistencia y la moderna tecnología. Observando anhelante las puertas de Palacio Nacional, su mirada ya no es la misma; le falta el brillo del sol que se refleja en el suelo regiomontano, tierra en la que su figura de valiente y poderoso fue pilar de gobernabilidad y orden aparente. Un hombre yace inmóvil, callado, ausente y abatido en pleno zócalo capitalino. De su cuerpo ya no mana el calor de los días de batalla y de gloria que se remontan a sus mocedades de dieciséis años. Su cuerpo yace tendido al sol al igual que el cuerpo de aquél emperador, a quien se encomendó reinar en el segundo imperio mexicano y quien tenía  por esposa a la loca del castillo de Bouchout , al que él vio ser fusilado tras el sitio de Querétaro. Un hombre yace tendido mientras el frio de la roca histórica, cuyo fondo tiene una visión completa del valle de Anáhuac, lo ha invitado a llevarlo a sus entrañas. El hombre yace frio y muerto; el hombre es ya uno más de nuestros muertos. El hombre es Bernardo Reyes.   
Amigo y colaborador del Caudillo, se ha levantado contra el Maderismo fraguando el plan que la soledad le ha inspirado en Tamaulipas. Será condenado a muerte por este hecho, muerte que no llega en el momento, pero condena irrefutable en el pronto devenir. En Santiago Tlatelolco, lugar de esperanza y represión,  aguardará por el cruel destino hasta que el primero de los diez días trágicos y funestos de Febrero  aparezca  en las páginas del calendario de 1913.
Pero el apellido Reyes y su linaje no se han esfumado  con la lluvia de proyectiles que sobre la nación, y sobre el general Bernardo,  parece caer a tropel. Como todo buen ciudadano de la época se ha asegurado de que su sangre siga fluyendo, y en abundancia, más allá del zócalo; se ha asegurado de que su sangre no sólo sea ese charco en el que ahora descansa.  Su sangre, junto con la de su compañera Aurelia Ochoa, fluye y da vida a doce personas más: Bernardo, Rodolfo, María, Roberto, Aurelia, Amalia, Eloísa, Otilia, Alfonso, Guadalupe, Eva y Alejandro.  El noveno en la lista pasará a la historia junto con su padre. Ejemplos muy escasos (sin tomar en cuenta los linajes reales en los que la casualidad o destino cuentan más que los atributos personales)  se han dado en las páginas que guardan la memoria de la humanidad: Alexandre Dumas y Alexandre Dumas hijo; José María Morelos y Juan Nepomuceno Almonte; Paco Ignacio Taibo I y Paco Ignacio Taibo II;  Luis Villoro y Juan Villoro; etc.  
La muerte del padre será un parte aguas en la vida de Alfonso Reyes. Debido a esta se exiliará en París. El hijo de un “traidor” de la patria no tiene más opción que ésta. Su hermano también se ha unido al gobierno del Chacal espurio Victoriano Huerta. En París se unirá a la Legación mexicana. Su estancia en Europa, particularmente en España en la que pasa diez años de su vida,  servirá  para que su talento y erudición se confirmen. A su regresó será ya conocida su fama  de escritor, ensayista, periodista, investigador y poeta, lo que ocasionará que desempeñe importantes cargos en la construcción de la revolución institucionalizada.  
Alfonso Reyes, el regiomontano universal, fue uno de esos hombres tocados  por  el encanto que la palabra  manifiesta  entre el mundo,  las cosas y el hombre  y que es poco apreciado por las mayorías. Es el mismo encanto el que lo mantuvo horas y horas devorando todo lo que llegara a sus manos en forma escrita; y fue ese mismo deleite de la palabra lo que lo condenó  -condena  del artista por la imposibilidad de no hacer a diario su arte-  a pasar la vida entera suspendido de la pluma con que dibujando  escenas, reflexiones, divagaciones, poemas, ensayos, críticas, traducciones e investigaciones se han llenado las páginas que forman su vasta obra. Sobre la escritura Reyes dice:
“Escribir es como la respiración de mi alma, la válvula de mi moral. Siempre he confiado a la pluma la tarea de consolarme o devolverme el equilibrio, que el envite de las impresiones exteriores amenaza todos los días. Escribo porque vivo. Y nunca he creído que escribir sea otra cosa que disciplinar todos los órdenes de la actividad espiritual, y, por consecuencia, depurar de paso todos los motivos de la conducta.”[2] 
Allegado a los clásicos, Alfonso Reyes no fue un escritor precisamente nacionalistas cuya inspiración proviniera de los paisajes, costumbres, historia, gente e idiosincrasia del país de origen. Las imágenes que de su pluma salieron a la luz como manantial aparentemente inagotable de sabiduría y erudición invitan al lector a terrenos más profundos del alma occidental e internacional. Sus temas no tiene que ver con la historia de una región; sus temas tratan de abarcarlo todo. Su inspiración viene de la cuna en la que reposa la civilización del occidente y su estilo se basa en la búsqueda de las formas más bellas. “Ya sé que hay grandes artistas que escriben con el puñal o mojan la pluma en veneno. Respeto el misterio, pero yo me siento de otro modo. Vuelvo a nuestro platón, y soy fiel a un ideal estético y ético a la vez, hecho de bien y de belleza.” [3]     
Nacido en Monterrey, el 17 de mayo de 1889, fue criado en cuna condecorada por el régimen existente. Su padre,  eminente hombre de guerra, ocupó el cargo de gobernador en el estado norteño de Nuevo León. De igual forma,  el general Bernardo Reyes fue nombrado por el Caudillo como su secretario de guerra y marina. Por este motivo Alfonso Reyes vino al mundo con una gran de ventaja sobre la mayor parte de la población; ya que en esta  época tan sólo menos de una cuarta parte de la sociedad mexicana de finales del siglo XIX y principios del XX se podía apreciar a sí misma como parte de ese grupo que escapaba a la pobreza cruel y a la marginalidad necesarias de la modernidad porfiriana para la construcción del progreso material. Su familia fue perteneciente a esa élite que se encargaba de dar perpetuidad al orden y a la paz construida a base de violencia y represión de que tanto se ha escrito en la historia nacional.
Fue en ese ambiente de paz en el que el joven Alfonso Reyes comienza su formación académica. En los colegios de Monterrey será educado bajo los preceptos del liberalismo y positivismo reinantes que buscan la formación de ese “hombre nuevo”[4] que pueda poseer los valores morales para liberarse. Fue inscrito en Liceo Francés de México y en el Colegio Civil de Monterrey; ya en la capital, será uno más de los jóvenes que pasaron a engrosar las filas de la Escuela Nacional Preparatoria; también estudio en la Escuela Nacional de Jurisprudencia, que tiempo después sería la Facultad de Derecho de la Ciudad de México, en donde el 16 de Julio de 1913 se graduó de  abogado.[5]  Los chicos de esta época fueron educados para ser los pilares que sostuvieran  todo el conjunto ideológico de la modernidad capitalista naciente; se trataba de uniformizar a la educación para crear hombres, que en palabras de José Emilio Pacheco, llegaran a ser “egoístas, violentos, ambiciosos, materialistas”. Los encargados de la instrucción pública “dan al mexicano la misión de alcanzar cualidades sajonas”.[6]
Pero Reyes, al igual que un distinguido grupo de Jóvenes sensibles al cambio de siglo, no cae en las categorías que el momento trata de imponer. La ideología positivista, con su orden y progreso, es rechazada por un naciente humanismo que se da entre muchos de los egresados de la Escuela Nacional Preparatoria. Este recinto había funcionado como bastión de la ideología dominante (científica)  y en sus aulas la educación era fragmentada de tal forma que sirviera al avance de las ciencias, haciendo de lado las cuestiones consideradas como morales o metafísicas. El humanismo tenía muy poco espacio en este lugar. Sin embargo, un grupo de muchachos, cansados de la rigurosidad de los modelos aprendidos en las diversas instituciones a lo largo del país, tuvieron la idea de formar un grupo en el que la filosofía, la literatura, las artes, el libre pensar y la valoración de la antigüedad clásica tuvieran una voz propia fuera de las aulas.  Esta idea se vio concretada en 1909 con la formación del Ateneo de la Juventud, del que Alfonso Reyes fue pionero.
La educación que este grupo tuvo, así como la ideología con la que fueron construidos, ya no era coherente con los nuevos tiempos. La figura del Dictador, héroe del pasado y salvador de México, ya era caduca e inverosímil. Se encontraban viviendo entre la “Ficción Liberal”, en la que se defendía la idea de un país en el que la democracia era real y efectiva; y la ficción científica y excluyente en la que sólo un pequeño grupo era privilegiado en detrimento de las mayorías; todo esto sostenido aún por la figura de Porfirio Díaz al que los años parecían cobrarle sus andanzas.
Cansados de la academia, los ateneístas se enfrascan en la reflexión y la divagación. Los clásicos son despertados de sus tumbas y se los hace ser escuchados en las noches de algarabía y júbilo que el grupo organiza.  Se lee a Kant y a Nietzsche; a Platón y a Walter Pater; a Émile Boutroux  y Henri Bergson. Son las noches en las que la revolución cultural comienza a fraguarse. Es en este punto en el que lo revolucionario y nacionalismo tiene su expresión: la transformación de la cultura. Las conferencias empiezan a llegar a la sociedad, se hacen de forma abierta con el fin de culturizar al pueblo.  La cultura que el Porfiriato buscaba imponer tenía los ojos dirigidos a Europa, a Francia en específico. “Volved los ojos al suelo de México, a los recursos de México, a los hombres de México…a los que somos en verdad” dice Antonio Caso en una de las conferencias organizadas por el Ateneo. La meta de los ateneístas es conseguir la libertad de pensamiento y cátedra así como así como la consecución de una estética mexicana. El apoyo en lo clásico y europeo se convierte en el punto de partida hacia lo auténticamente mexicano.  Algunos de ellos pasaran tiempo en Europa aprendiendo de las nuevas tendencias artísticas.  
Para Alfonso Reyes ésta será una etapa de despertar: sus preocupaciones apuntan hacia la crítica del modelo ideológico seguido hasta entonces y a sus impaciencias literarias. Para Alfonso es necesario un cambio de paradigma en cuanto al modo de enseñanza y el formalismo educativo que sólo encasilla al ser humano en un delimitado campo de aprendizaje. Para él la búsqueda de la formación completa debe de ser un patrón a seguir que ayudará a la población a renacer con nuevos valores inspirados en un humanismo contrario al materialismo desgastante del ser moderno. La literatura, la música, la pintura, la cultura etc. son en su obra el material de construcción de una humanidad más consciente.  En cuanto a sus preocupaciones literarias y lingüísticas, podemos encontrar de manera temprana una visión sobre el lenguaje culto y el lenguaje vulgar; sobre el qué hacer y el cómo hacer del escritor; se pregunta acerca de la estética  y de la ética en el arte. En cuanto a la lengua, se  pregunta cuál de las dos tiene una mayor preeminencia, ¿la vulgar o la culta?; cuál es la que merece prevalecer.  Reyes no niega la importancia del pueblo en la transformación del lenguaje; no es un escritor que ve al vulgo como ese inmenso asesino de lengua. A pesar de que en su obra es apreciable un gran cuidado de la estética en las palabras, sabe que la lengua vive en los que la hablan; y que por su parte, el lenguaje culto es más parecido a una construcción que a un ser vivo. En uno de sus ensayos dice lo siguiente: “Por otra parte, hay que desconfiar de nuestro orgullo. Lo que hoy es un barbarismo pudiera ser la forma lícita de mañana. El vulgo, con sus barbarismos,  previene y cultiva la futura etapa del idioma. Si a los cultos estuviera confiado dar el aliento a los idiomas, todavía estaríamos hablando el latín.”[7]
La Revolución Mexica vino a provocar una ruptura de todo lo ya establecido en el país. No se trató tan sólo una etapa de lucha entre diferentes y variados grupos sociales con el fin de derrocar a un dictador, ni tampoco fue el simple hecho de cambiar una élite por otra; la revolución es una lucha de proyectos entre los diversos intereses de la época. El maderismo parecía ser en sus inicios el triunfo de la contienda. Sin embargo dicho triunfo no fue duradero y, como hemos visto, la lucha continuó hasta el año de 1917 en el que, con la proclamación de la constitución del 17, se da comienzo a la Revolución institucionalizada. En el año de 1913 se da un golpe contra el gobierno Madero en el que muere el general Bernardo Reyes. Como ya se ha mencionado arriba esto, más la participación de uno de sus hermanos en el gobierno de Huerta, provocó el exilio de Alfonso Reyes a Europa.
París fue para Reyes el lugar de un destierro al que se puede calificar de más o menos honorable. En este país desempeñó un modesto cargo diplomático. Pero el lugar en donde se haría de fama internacional fue España. Si a su llegada a Europa había sido un empleado de gobierno agotado por las innumerables tareas consulares que sobre él recaían, para su salida de Europa ya era un afamado embajador. En España, de 1914 a 1924, consolida su oficio literario y, más importante, depura su estilo. De este periodo datan obras como:   Visión de Anáhuac, Cartones de Madrid, El suicida, El cazador, Calendario, El plano oblicuo, Huellas, Ifigenia cruel y Cuestiones gongorinas.[8]
En Plano Oblicuo se encuentra una de las narraciones más intrigantes de Alfonso Reyes: La cena.  Cuento fantástico que llega a ser tomado como surrealista y que deja al lector con una sensación de pérdida y mareo en su tiempo circular. Otro cuento contenido en Plano Oblicuo es La primera confesión en el que el autor deja al lector con una gran duda; parece que al cuento le faltaran esas páginas imprescindibles para descubrir el misterio que la penitencia guarda.  
La variedad de los temas es uno de los aspectos característicos en la obra de Reyes: temas de la niñez, reflexiones sobre la pintura y los pintores; narraciones de sucesos fantásticos y acercamientos a la cultura europea; crónicas y artículos periodísticos; ensayos que rayan en lo filosófico; investigaciones profesionales de la literatura; poemas y prosas de gran belleza y calidad; la novela “cinematográfica”. Toda una gama de escritos se hacen presentes en Reyes.    
 Visón de Anáhuac es quizá la obra más conocida de Alfonso Reyes o por lo menos es de la que más se ha escuchado hablar. (caso como el de el Quijote del que todos hablan pero pocos leen). En ella el autor hace una descripción, basándose en fuentes de primera mano (cronistas), de las impresiones de los primeros conquistadores al encontrarse en el  basto valle precolombino. Hace un esfuerzo literario por ubicar al lector en el paisaje; las montañas, la verdura del valle y la parcelación de la laguna:
Dos lagunas ocupan casi todo el valle: la una salada, la otra dulce. Sus aguas se mezclan con ritmos de marea, en el estrecho formado por las sierras circundantes y un espinazo de montañas que parte del centro. En mitad de la laguna salada se asienta la metrópoli, como una inmensa flor de piedra, comunicada a tierra firme por cuatro puertas y tres calzadas, anchas de dos lanzas jinetas. En cada una de las cuatro puertas, un ministro grava las mercancías. Agrúpanse los edificios en masas cúbicas; la piedra está llena de labores, de grecas. Las casas de los señores tienen vergeles en los pisos altos y bajos, y un terrado por donde pudieran correr cañas hasta treinta hombres acaballo.”[9] 
La cultura del México prehispánico se hace presente a través del relato de las costumbres: el mercado, la arquitectura, la figura del emperador, etc. No deja de lado el simbolismo tan rico con el que contaban los antiguos moradores del periodo precolombino:
Flor era uno de los veinte signos delos días; la flor es también el signo de lo noble y lo precioso; asimismo, representa los perfumes y las bebidas. También surge de la sangre del sacrificio, y corona el signo jeroglífico de la oratoria. Las guirnaldas, el árbol, el maguey y el maíz alternan en los jeroglíficos de lugares. La flor se pinta de un modo esquemático, reducida a estricta simetría, ya vista por el perfil o ya por la boca de la corola. Igualmente, para la representación del árbol se usa de un esquema definido: ya es un tronco que se abre en tres ramas iguales rematando en haces de hojas, o ya son dos troncos divergentes que se ramifican de un modo simétrico.”[10]
En este mismo libro Reyes nos da su visión de la historia. En ella plantea que es esta maestra de vida es la que nos puede hacer apreciar el paisaje y la cultura de una forma más completa y sustancial; sin ella todo en el mundo se nos puede presentar carente del verdadero significado; tan sólo nos sería posible ver un fantasma de la realidad:
Cualquiera que sea la doctrina histórica que se profese (y no soy de los que sueñan en perpetuaciones absurdas de las tradiciones indígenas, y ni siquiera fío demasiado en perpetuaciones de la española), nos une con la raza de ayer, sin hablar de sangres, la comunidad del esfuerzo por domeñar nuestra naturaleza brava y fragosa; esfuerzo que es la base bruta de la historia. Nos une también la comunidad, mucho más profunda, de la emoción cotidiana ante el mismo objeto natural. El choque de la sensibilidad con el mismo mundo labra, engendra un alma común. Pero cuando no se aceptara lo uno ni lo otro—ni la obra de la acción común, ni la obra de la contemplación común—, convéngase en que la emoción histórica es parte de la vida actual, y, sin su fulgor, nuestros valles y nuestras montañas serían como un teatro sin luz”. [11]
Alfonso Reyes es uno de los escritores más importantes de nuestro país. Su obra es de carácter descomunal. Casi treinta tomos del Fondo de Cultura Económico han sido dedicados a sus letras. Harían falta muchas páginas para hablar de Reyes y  su obra. En este trabajo me he delimitado a sus primeros años tomando como punto de partida la muerte de su padre que fue un suceso emotivo y  determinante, para después ir hacia atrás en la cronología de su vida. También lo he ubicado más que nada en el momento revolucionario de México en el que la transformación cultural empieza a hacerse presente. La etapa en la que vive en España y se forma como verdadero escritor y en la que adquiere fama mundial puede ser motivo para seguirse en otro trabajo.   




[1]Reyes  Alfonso "ALBORES" Pág. 154.
[2] Reyes Alfonso, Obras completas, FCE,Tomo 4, Pag.451.
[3] Ibim.p.451.
[4] Guerra Francois Xavier,México: del antiguo régimen a la Revolución, México, FCE, 2T, 1988. P. 395.
[5] http://es.wikipedia.org/wiki/Alfonso_Reyes_Ochoa
[6] Pacheco José Emilio,( …)1969,p.34.
[7] Reyes Alfonso, Obras completas, FCE,Tomo 3,p.144.
[8] http://cvc.cervantes.es/literatura/escritores/a_reyes/entorno/martinez.htm
[9] Reyes Alfonso, Obras completas, FCE,Tomo II, P.18
[10] Ibim.
[11] Ibim.

sábado, 7 de julio de 2012


Las Jóvenes calles de Julio.
Roberto Conde.

Las calles rejuvenecen en estos días en los que el polvo se asienta con facilidad sobre ellas. El tiempo parece haber dado marcha atrás casi un siglo. Las huellas de miles van levantando el polvo marchito que sexenio tras sexenio se cimienta sobre los trazos de la nación. Y quedan como impronta imborrable en la cera de la memoria colectiva. El ayer de hace 83 años  está más que presente en los ánimos de los que dan por vencida la contienda.  Reina en  los  que un pasado trata de imponer y dar su versión de los hechos. Es el pasado defensor de los mejores tiempos; defensor de una nostalgia de lo menos “pior” Pero este pasado no es el de los mexicanos ni el de los historiadores serios: es el pasado de algún puño de traidores que construyen ficciones y traman una realidad más que fingida.
Modernidad sobre modernidad ha venido dejando al pueblo con un lastre insoportable hacia el pasado. El discurso de ellas es el del porvenir que ya está aquí. El ahora democratizado  del que tanto se presume en la actualidad se parece tanto al ahora de Porfirio; al ya de Ávila Camacho; al hoy de Díaz Ordaz y de Echeverría. Se le ha vendido a un precio demasiado caro al pueblo la idea barata de una democracia adecuada a las circunstancias del siglo XXI. Democracia fallida cuyo centro está plagado con  prácticas que  no son diferentes a las del siglo XIX. Se trata de la ficción liberal; de la ficción democrática. Es la ficción que crea realidad de la misma manera en que la televisión crea historias inverosímiles a todas horas del día.
El pasado debe de estar presente, de eso no cabe la menor duda. Pero debe de estar presente como memoria en los ciudadanos: ese ser de lo que ha sido compartido por el grupo; ser auténtico e imborrable en el mundo; ser que se encuentra en constante lucha contra el olvido. Desde los ámbitos de la memoria se sacarán las fuerzas y las armas para negar el pasado por encargo creado  desde arriba. La memoria maestra y amiga, eslabón entre los humanos, jamás debe de ser borrada con discursos y palabrerías engañosas. Si esto no pasara se caería en  la imagen errónea del presente continuo; ese presente en el que al parecer todo es y ha sido tal y como se nos presenta. Es la continuidad de lo ya establecido y de lo que no tiene ni se puede encontrar escapatoria.  
Las calles rejuvenecen en estos días en los que un pasado fantoche parece estar más que presente. Pasado que niega su inexistencia y se rehúsa a dejar de ser y mentir. Rejuvenecen por que es necesario y  así lo amerita; porque de lo contrario, quedaran como ruinas sobre las que la modernidad impondrá su terrible sello de autenticidad y novedad.  Rejuvenecen con el ritmo de los que estudian; de los que saben y se informan; de los que ya no aceptan imposiciones ni caen en clásicos discursos de apatía y resignación; de los que ya no callan, gritan  y viven ilusionados por lo que los demás ven tan distante e imposible. Su marcha ha venido a dar aires de respiro, provenientes del oriente, a un cuerpo que ha pasado por mucho tiempo raquítico e inmóvil. Dicen ser 132. Habrá que contarlos mejor.

Puebla 8 de Julio de 2012.

jueves, 11 de agosto de 2011

Here with you

Here with you

R.C.M




Cómo describir aquella sensación de profundidad y melancolía en la que caía estrepitosamente. La música sonaba frenética, solo podía escuchar el coro de aquella canción, I love being here with you, con una voz profunda, quizá Diana Krall.
De pie como esperando quien sabe qué cosa, cobijado por la sombra de un árbol, el tiempo pasaba en un lento devenir. Podía escuchar  como la brisa seguía su pacífico camino a través de las hojas violetas de esa extraña, pero a la vez familiar, mezcla de majestuosidad y naturaleza que se levantaba frente a mí. El tronco se erguía hacía una región inalcanzable, sus ramas arañaban aquella bóveda de azules y naranjas. Pensé en que ya había estado en aquél lugar. Recordé esa sensación de oquedad en el espacio, un lugar que se encontraba fuera de lo inteligible.
La  corteza dibujaba extrañas figuras, como una especie de collage, en las que era posible ver, con suficiente imaginación, historias pasadas, recuerdos distantes, hechos que escapan a la memoria pero que nos asechan constantemente. El árbol guardaba en sí un poco de magia.
Siguiendo la línea vertical que del suelo a la copa se extendía era posible escuchar un poema –no tan bueno en realidad-  que contrapunteaba con la voz de Krall. De igual forma, recorriendo horizontalmente la curva del árbol, me era posible distinguir un cuento casi olvidado. Un niño inquieto al que le gustaba envenenar hormigas era lastimado debido a la traición de  su primer amor. Me pregunté si tal vez, regresando por la misma curva, me sería posible cambiar el final y que la escuincla recibiera su merecido. No lo intenté.  
 A medida que los recuerdos eran conjurados, la música se hacía más clara. Podía escuchar un nítido y cadencioso contrabajo que parecía caminar con prisa, así como también me era posible escuchar  los acordes que se tensaban y relajaban continuamente de un  piano muy piano.
 I love the east, I love the west, pero en este mundo esos puntos se confundían, la redondez hacía imposible distinguirlos. ¿Era el intolerable universo del que Borges se despedía dejando el legado de la nada? Seguramente, un mundo de laberintos, de palabras, de arquetipos y símbolos difíciles de retener en la memoria. Sí, en realidad me encontraba en un lugar familiar, qué lugar puede ser más familiar que la patria común (patria de los muertos para Paz)  a la que regresamos cada noche.
Alguna vez leí, y  también lo se de propia experiencia, que cuando te das cuenta de que todo es un sueño, el despertar es casi inmediato. Es tal el  sobresalto que causa verte dentro de ti mismo que tienes que regresar inmediatamente.  Pero esta vez eso no pasó. Suelo tener una clase de complicidad con mis sueños, hacer lo que de otra forma no sería posible. Alguna vez volé, no tan lejos, pero volé.
Como en todo lugar donde el tiempo es escaso, o así nos parece, o en todo caso no lo hay, las horas se convertían apenas en minutos. El swing seguía incansable, la batería en el fondo parecía acelerar dándole continuidad a la situación. En verdad no existía  orden en la música, venía a tropel en mis oídos. I love being here with you y la batería, así como el piano piano y el contrabajo presuroso acompañado de un love it´s such a pretty game, creaban una atmósfera particular.
Pude comprobar de soslayo que no me encontraba sólo, algo llamó mi atención. Había un testigo, solo que este no dejaba crecer su uña. Un pie asomaba desde el lado contrario a la cara que yo podía ver del árbol como si fuera una raíz más. Parecía estar vigilándome. Me pregunte quien podría ser el propietario de aquél  pie  aunque, juzgando la forma y la belleza del mismo (el pulgar estaba adornado por una uña roja o quizá naranja), podía estar seguro que se trataba de una propietaria. La blancura y tersura del empeine contrastaba con las formas oscuras y el cuerpo estriado del árbol. La imagen solo duro unos cuantos segundos.
Me precipité con lento y silencioso paso hacía el árbol, y a medida que me acercaba parecía incrementar su tamaño exponencialmente. Era como esos enormes ahuehuetes que simulan ser murallas.
 Pude ver otra vez que el pie se asomaba. En cierta forma algo me incomodaba. Esta presencia no era normal, era como una especie de intruso, algo fuera de contexto (si es que esto se aplica), quizás un recuerdo obstruido por el tiempo, una memoria de naturaleza agorera.
El pie se movía ondulante en el aire dando un pequeño golpe a intervalos regulares en el piso y después en la orilla de la raíz que sobresalía del suelo. Este intruso no solo me incomodaba con su presencia, sino que me demostraba, siguiendo un ritmo, que era capaz de escuchar la música de diferente manera. A las melodías, percusiones y armonías éste ser les daba forma y sentido.
Concentrándome en el beat que llevaba aquel, ya para esos momentos, conocido pie, de aquella aún desconocida mujer, me fue posible también darle orden a la canción y de paso al sueño. No me encontraba como siempre en una más de mis ya conocidas pesadillas. El desorden y caos se convirtió en Jazz. El piano acompañaba a un  solo de guitarra que hasta ese momento no me había sido viable escuchar. Al arrastre de las escobillas seguían tenues golpes en los platillos y gordos impactos al bombo. Era por fin capaz de escuchar las melodías unas sobre otras contrapunteando verticalmente y horizontalmente.
A partir de ese momento las cosas tomaron otro color. A la cascada de sensaciones se le sumó un constante flujo de interrogantes. ¿Quien era esa extraña figura que tan solo me mostraba una parte de su ser? Creí por un momento que alguien, usando no se que trucos, había sido capaz de inmiscuirse en algo tan personal como un sueño. Después surgió otra duda, ¿sería posible que yo también fuera el sueño de alguien más? No seas tonto pensé, eso solo pasa en los ya clásicos y buenos cuentos, no en éste.
Pero la música seguía. La canción era ya para entonces más que conocida y sobre todo  hermosa. Pude escuchar con atención el coro y, definitivamente no era Diana Krall la que cantaba. Era una voz diferente, un poco más joven y penosa, que me llevaba de la mano en un ir y venir de dicha y frustración. Definitivamente no era una sorpresa descubrirme nuevamente en ésta situación. Ya la había vivido. Lo difícil era saber donde y cuando.
Cansado de seguir con la duda, me decidí a dar con la dueña del pie. Camine siguiendo  orilla del árbol, apoyando los pasos en las gruesas raíces que de él brotaban. Las raíces eran resbalosas y la tierra que había entre ellas estaba cubierta por agua a manera de pequeñas lagunas. Cada vez que daba un paso quedaba atascado en el abundante lodo. Era como caminar por un tablero de ajedrez en el que pisar negro es caer y pisar blanco naufragar.
La curva del árbol parecía no tener fin. A este paso lento y dificultoso era casi imposible dar alcance al pie del que ya solo podía ver la parte trasera. El talón levantado me dejaba apreciar la planta del pie y una parte de la pantorrilla. Se estaba moviendo. Huía de mí y lo hacía con un lento paso, sabiendo que no dependía de mi astucia y rapidez el descubrirla. Tras varios minutos de seguir aquel juego caí agotado, era un cansancio jamás experimentado.
Siempre es el mismo andar - dijo una voz-. No aprendes.
Alcé la mirada y no había nadie. Pensé que quien hablaba era yo mismo. Ya sabes,  esa voz que siempre nos acompaña y nos hace hacer cosas a veces inteligentes, pero la mayoría llenas de estolidez que suelen resultar bien.  Me levanté y sacudí mis ropas, que de nada servía, y me preparé para irme sin saber a dónde ni cómo. Las cosas se habían puesto raras. Di vuelta y emprendí el camino con un sentimiento lleno de frustración.
¿Ya te vas? – Dijo la voz-.
Volví la vista atrás…….y como en una epifanía, apareciste tú, como en cada esquina sin cita previa, como en cada zaguán del que sales de las sobras, como en cada clara tarde, como en los teatros donde no actúas y la música donde no cantas y yo regresé a mi etapa lítica nuevamente y el silencio se hizo presente. Ya solo quedó el tiempo que se me fue como siempre, mientras te veía hundir en lontananza.
  

martes, 28 de junio de 2011

Tecate sunrise

La cruda era insoportable, apenas si me dejaba respirar.  Éste estado se había convertido en algo casi crónico. A todo los lugares que iba la gente solía preguntarme: “ey ¿qué tal estuvo la fiesta? Yo les miraba con cierto desprecio. Cómo se podían burlar de tal condición, qué no saben que uno no debe burlarse de las personas a las que nos gusta extremadamente el alcohol.
Decidí entrar al colegio a curar mi malestar con una Tecate que compre justo enfrente. A esas horas de la mañana casi todo el mundo se encontraba en clase. Sólo había al fondo un empleado del aseo. Saqué de la bolsa la lata de cerveza y empecé a ingerir. Sólo los que forman parte de este movimiento saben lo que es  una Tecate después de una noche de alcohol barato. La chela con la que me la estaba curando resultaba costar casi tanto como el panal que había bebido la noche anterior. El gusto por los pomos baratos  me fue adquirido desde mis años de preparatoria. No era cuestión de falta de efectivo, simplemente  prefería tomar de esos licores de dudosa procedencia  a otros como el Bacardí o el mentado Torres de albañil.
Me encontraba bebiendo en el mismo lugar en el que tantas veces lo había hecho. Ya fuera solo, o con los demás amigos de la facultad, prefería tomar en aquellos lugares que no están destinados para eso. Todos los que pasaban por aquél lugar sabían que en ese sitio el alcohol corría.
Mire sobre el horizonte de lata hacia el salón en el que una belleza de cabello castaño me miraba con asco de tras de sus diminutos lentes. Me gustan esa clase de lentes, parecen esconder la coquetería que no se deja mostrar por completo. Ahora  muchos en la facultad traen unos lentes que cubren casi toda la cara como para esconder su falta de originalidad. Lo bueno es que, aunque me mirara con asco, la belleza de aquel salón no los usaba. Sentía un poco más de conexión con ella. Es lo que se me venía a la mente:   la conexión; enchufarla, ensartarla, saber que nos conectábamos.  Llevaba una falda que me permitía ver un pequeño triángulo verde asomando entre sus piernas maravillosas. Sus caderas parecían querer escapar por los lados de la silla. Una cierta rigidez empezaba a esconderse debajo de mi bragueta.
-Ya te vi.
Giré la cabeza para ver quien me veía
-Hola –dije con dificultad mientras trataba de esconder la lata- ¿Cómo estás Georgina?
-Muy bien –dijo inclinando un poco la cabeza hacia la izquierda como tratando de adivinar algo- Es muy temprano. Casi no te veo por el colegio a estas horas. ¿Qué tal estuvo la fiesta?
Ahí estaba otra vez la maldita pregunta, sólo que con ella no era tan desagradable. De todas formas no podía negar  que había estado ingiriendo cantidades casi industriales de Charanda y cosas peores, mi cara simplemente delataba una tremenda cruda.
-Estuvo muy bien aunque, siéndote sincero, se trató más que nada de una monstruosa peda. Ya casi no voy a fiestas o por lo menos no me invitan. Dicen que mis amigos y yo luego solemos mal copear.
- Ya ves…¿para qué andas haciendo cosas malas? Yo por eso no me meto nada.
Metete ésta –pensé mientras fingía una sonrisa-.
-Pues no creas que ando por la vida provocando peleas –dije- yo sólo trato de discutir problemas elementales, trato de que se de en las pedas toda una dialéctica entre borrachos. El problema radica en que a veces lo hago en círculos muy diferentes a los de mi banda.
Note que es su cara se dibujó la duda cuando escuchó la palaba dialéctica. Creo que en alguna parte muy profunda de mi, siempre me han gustado las mujeres cuya estolidez se llega a confundir con la ternura. Ella era un claro ejemplo de esto. Era como la Maga de Cortázar a la que se le podía adivinar la próxima tarugada que de su boca saldría. Era eso, y lo sorprendente de su belleza. Claro, no podía sólo gustarme su estupidez. Si las aceptaba tontas por lo menos tenían que estar bien sabritas.
-Alguna vez –proseguí- en una discusión le dije a un conocido que su hijo (que tenía menos de un año) era todavía como un animalito que no piensa aún, lo comparé con un perro que pasaba por el jardín. No aguanto la verdad y se indignó. Desde ese día no me ve de la misma forma.
Se me quedó mirando de tal forma que mejor cambié de tema.
-¿Sigues con tu nefasto novio? –pregunté-. Puso una cara peor que la anterior.
-¿Por qué hablas así de él? Si ni lo conoces
-No necesito conocerlo. Sólo sé que es un  hijoputa anacrónico que se cree hipster. Ya me lo imagino a él  y a sus amiguitos jugando a los alternativos (como que la chela me había activado el alcohol de la borrachera pasada) dándose por atrás por las noches mientras tu desperdicias todo eso que tienes.
-No me hables así que apenas si te conozco.
-Pues ya me iras conociendo.
- Lo único que sé de ti es que bebes.
- Pues por algo se empieza –contesté-. Lo único que debes saber es como me molesta verte de la mano de aquél cabrón a quien dices amar. Me re emputa ese wey, con sus chinitos y sus lentes que abarca toda su cara. Que bueno que los usa porque está re pinche feo.
-No hables de esa manera de él – me dijo- ( pero en su cara no se mostraba el menor enojo), aparte él me trata como nadie más me ha tratado. Es más, es mi primer novio.
-Pues ahí está el problema. Falta que conozcas más personas.
-¿Cómo tú? Hazme el favor….
La vi detenidamente a los ojos. Llevaba ya mucho tiempo deseándola. Me excitaba verla por la facultad caminado, dando grandes saltos como escuincla babosa.  Cuando pasaba y se despedía de mi no me era posible quitar la mirada de esas magníficas nalgas. No era necesario que sus pantalones estuviesen ajustados, cualquier cosa que vistiera quedaba entallada en ese culo.  Me encantaba ver como se marchaba.
La jalé hacia la banca y quedamos estrechamente uno junto al otro. Pasé mi mano por su cintura con seguridad. Ella fingió resistencia a la vez que su cabeza se acercaba más a mi pecho. Sus ojos empezaron a buscar los míos mientras yo tocaba uno de sus pechos. Sentí como su respiración aceleraba. La comencé a tocar con más fuerza. Pasé mi boca por su oreja,  respirándole suavemente a la par que le decía cosas obscenas.  Bajé más y di unos cuantos besos a su cuello. No había soltado para nada su seno.
 Me percaté que la belleza de cabellos castaño, aquella que desde el salón mostraba su diminuto triángulo verde, nos miraba. Pensé que aquello la estaba poniendo horney así que fui más aventurero. Seguí besándole el cuello a la vez que mi mano se deslizó a la parte trasera de su pantalón. Metí mi mano y por fin pude sentir lo que tanto había anhelado. Era mejor de lo que pensaba. Ella se levantó un poco para que yo me introdujera más y más. Pude cerciorarme rápidamente de que ella ya estaba más lista que nada para la acción. Era un torrente ahí adentro. Con un poco de dificultad mandé  un dedo expedicionario a aquellos confines. Un sobresalto, seguido de una pequeña queja, se produjo en su cuerpo.  Su mano, tímida, subía por mi pierna, pero siempre paraba antes de tocar a la que suda blanco, y eso me ponía muy hot. Con un ligero movimiento me permití mandar un segundo dedo.
Esto la sacó del transe. Se alejó un poco de mi y me miro sorprendida. Mis dedos seguían en el mismo lugar, en aquel manantial, humedeciéndose. Se deslizó sobre la banca, lo que sacó mi mano de sus pantalones.
-          ¿Cómo te atreves?-dijo-. Estás tomado y te aprovechas de mí.
Se dio media vuelta y subió corriendo por las escaleras. Eso me dio una mejor vista (Repito: me encantaba ver cómo se marchaba). La hermosura del triángulo seguía observándome.
Saqué mi cerveza de su escondite y seguí bebiendo.