martes, 8 de septiembre de 2015

El intruso.
Cansado de tragar tanta luz, decidió deshacerse de ésta. Apagó la televisión y cerró los ojos por un instante. Había decidido perseguirla a esas horas, cuando los perros dan sus últimos ladridos y la luz de los automóviles alumbra un poco la pared que se asoma entre el librero y las persianas. Ella apareció repentinamente. Él la seguía a unos metros de distancia; ella no daba la cara. El pelo castaño y largo avanzaba, alejándose cada vez más de sus pasos; éstos no podían ser más rápidos, el piso de la banqueta sobre la que él la seguía era como fango viejo. Entre ellos dos, una larga banqueta; al lado de ellos dos, una carretera bastante conocida; al lado de la carretera que se encontraba al lado de ellos dos, un vivero en el que su padre alguna vez, hace tantos años, plantó un árbol.
La muchacha seguía su caminar. Él jamás la había podido alcanzar en una de esas tantas noches en las que se encontraba con ella. Desesperado por la distancia entre sus cuerpos, decidió correr; la angustia y cansancio lo invadían. Su malestar ya no venía de la impotencia de no poder alcanzar a su objetivo; había algo atrás, algo que causaba su angustia. Pronto el miedo lo invadió. Sentía que algo lo asechaba; alguien intentaba alcanzarlo, ahora él era el objetivo. Intentó voltear para ver la cara de aquel testigo de su frustración. Resultó imposible. El pelo castaño comenzó a alejarse. Cuando él aceleraba el paso, también lo hacía la mujer de sus sueños. Mientras ella se alejaba el miedo crecía.

Cansado de correr, decidió mirar al cielo; abandonar la persecución. La luz entró por sus pestañas mientras los perros ladraban a lo lejos. El cielo aún se reflejaba en la pared que se asoma entre el librero y las persianas…