domingo, 29 de mayo de 2016

Consejos de Raúl para la eternidad.


-Deja eso, es mío- dijo Raúl mientras me miraba fijamente a través de sus lentes redondos. Me dijo que sus lentes los había encontrado en la recámara de sus papás. Son como los de aquél señor que cuelga de la pared del vecino de la silla de ruedas. Dice el vecino que ese señor era una estrella de rock, que lo mataron como dos años antes de que yo naciera. A mí no me gustan sus lentes, ni su pelo todo caído. Dice mi mamá que se le llama pelo lacio, que yo lo tengo chino, como ella. Le pregunté a mi mamá qué era una estrella de rock, me dijo que son personas que hacen una música bonita; que a ella le gusta Queen. Me puso un disco de los que guarda debajo de la vitrina. Yo no me acerco mucho a la vitrina, en la parte de arriba hay una cabeza de payaso que me asusta. A veces, cuando mamá sale por la noche, siento que la cabeza se asomará por la puerta; aprieto los ojos muy fuerte, pero siento que la veo en la oscuridad de mis párpados. No me gusta, le digo siempre a mamá que la tire. Dice ella que es un recuerdo, con ella se acuerda de mi cumpleaños. Cuando la vi sobre el pastel, se me hizo bonita. Pero ya no, siento que al entrar a la casa el payaso siempre está esperándome. Cuando entro a la casa, corro muy rápido al cuarto de mamá. Ella duerme y me acerco con cuidado junto a ella; cuando ella duerme, yo duermo, y el payaso de queda inmóvil en la vitrina, fuera de mis párpados. Escuché a Queen, ahora sé qué es una estrella de rock. Yo pensaba que las estrellas sólo estaban en el cielo, y que de vez en cuando una de ellas se cansaba mucho y se dejaba caer. Lo digo porque una vez vi cómo una se caía del cielo, la vi desde la ventana. También pensaba que había una de ellas que estaba bien gorda, como Salomón, el niño al que pasamos a dejar en el transporte antes de mí. Ahora sé que se llama Luna. Yo creo que la estrella roja luego que se ve junto a ella debe tener calor. -¿Sabías que a las estrellas se les puede matar?- Le dije a Raúl, mientras él me quitaba mi jouils, que ahora no sé si es mío o es de él. - ¿Y cómo se las mata, si yo veo que están muy lejos y ni saltando las agarro?- me preguntó, a la vez que hacía ruidos de carro, mientras movía mi jouils de un lado a otro, haciendo círculos sobre el piso. Le dije que para que se murieran las estrellas tenían que ser de rock. Cuando me preguntó cómo eran las estrellas de rock le dije que ellas usaban lentes como los suyos y que tenían pelo lacio. Menos Queen, que tenía el pelo corto y unos dientotes bien blancos. –Las estrellas de rock no están cielo, te miran fijamente desde las paredes o desde los discos; y hacen un ruido que te pone a mover el pie- le dije a Raúl, a la vez que le quitaba mi carrito de las manos. Raúl se enojó, me dijo que quería el carro, y me prometió que un día me iba a empujar de la azotea. Mamá me dice siempre que no me suba a jugar allá, que puede ser peligroso. Pero a Raúl siempre le gusta jugar en la azotea. Nunca lo veo en otra parte, ni en el parque o en alguno de los patios. Cuando alguien sube a tender la ropa, Raúl siempre se esconde detrás de algún tinaco. Dice que no quiere que lo vean, porque pueden ir a decirles a sus papás que está arriba. A sus papás tampoco les gusta que Raúl juegue en la azotea. Nunca he visto a los papás de Raúl. A lo mejor es alguno de los que luego suben a tender. La otra vez invité a Víctor a jugar a la azotea. Él no quería, decía que le daba miedo subir hasta arriba por esas escaleras de metal. Las escaleras son como la resbaladilla que está en el parque. Subes y bajas en círculos. Le dije a Víctor que no fuera puto, así me dijo mi papá que se les dice a los miedosos.  Cuando le dije al vecino que no fuera puto y se bajara de su silla de ruedas, me miró como triste, después se enojó y me dijo que no tenía nada de malo ser puto. Me dijo que hasta Queen era puto. Yo la verdad no creo que Queen le tenga miedo a algo, usa una capa roja y en la foto que me enseñó mi mamá tiene el puño cerrado, como si le fuera a pegar a alguien. Víctor subió lentamente por las escaleras, le costó mucho. Subía un escalón y se detenía, se agarraba bien fuerte del tubo y comenzaba a llorar. –Pinche putito-  le dije desde arriba. Víctor se portó valiente y por fin pudo subir a la azotea. Cuando estuvimos arriba, llamé a Raúl. Pensé que estaría escondido detrás de uno de los tinacos. Pero Raúl no salió. Le dije a Víctor que Raúl era un niño todo chele, de pelo lacio, flaco y que siempre usa la misma playera de Batman. Víctor me preguntó que qué era chele, entonces me acordé de que mi mamá me había dicho que ya no usara esas palabras, que esas palabras sólo se decían en la casa de mi abuela. –En México se dice güero- le dije a Víctor. Me preguntó que dónde se les dice chele a los güeros, le dije que en El Salvador. Víctor me miró de forma extraña, yo creo que pensó que le estaba inventando todo. Me dijo que él nunca había visto a ese niño llamado Raúl. –Al único que he visto con algo de Batman es a ti. También te vi vestido de Robin y de Superman- mencionó Víctor a la vez que se reía. Me gusta Batman y los luchadores. Mi mamá me llevó a las luchas. Estuvieron en la esquina del parque. Yo iba re-emocionado, pensé que vería a Mascarita Sagrada y a Octagón; al Hijo del Santo o a Blue Panter. Pero no apareció ninguno de ellos, salieron el Cometa enmascarado y el Capitán Rodríguez. A ellos nunca los había visto en las luchas que pasan los domingos en la tele, ni en las revistas que de luchadores que mi mamá me compra. Creo que al Capitán Rodríguez ya lo había visto una vez en la esquina de la casa, en El flamingos, cuando entré a pedir calaverita a las señores borrachos. Mi mamá me dijo que jamás volviera a entrar a ese lugar, ni a la pulquería que estaba en la otra esquina. Yo no sabía que se llamaba pulquería, siempre pensé que era un baño, ya que olía a baño. También me prohibió que me volviera a disfrazar. Me dijo que yo no podía volar como Superman, que de no haberme escuchado bien cuando le dije “ahorita vengo, voy a volar” seguramente ya estaría muerto. Le dije a Víctor que jugaba casi todas las tardes con Raúl en la azotea, que jugábamos con mis juguetes porque Raúl no tenía. Le dije que seguramente Raúl era muy pobre. A veces, yo lo dejaba con mis juguetes cuando mi mamá me gritaba para ir a comer. Cuando regresaba, Raúl ya no estaba, pero mis juguetes sí. Raúl era muy bueno, jamás se los llevaba. Víctor me miró con unos ojos muy raros, con los mismos ojos que hizo cuando subía por la escalera. –Mi mamá dice que tú estás malito, que siempre te ve jugando solo en la azotea. Mejor ya me voy- me dijo Víctor, y agarró y se bajó, ya sin miedo, por la escalera. Tuve ganas de pegarle a Víctor, pero recordé que mi mamá me dijo que eso estaba mal y que no tenía que volverlo a hacer, sino me castigaría de nuevo. Raúl dijo de repente -tu amigo ese, el que se llama Víctor, cree que estás loco ¿verdad?- No, piensa que estoy malito, o algo así dijo – le dije a Raúl- Me contestó que Víctor era muy menso, que no se había dado cuenta de que él se había escondido muy bien. Tan bien que ni yo lo había visto tampoco. Me dijo que se había escondido dentro del tinaco, como el chavo del ocho. Pensé que eso era lo que había pasado. –Lo bueno es que hoy sí me va a conocer, para que no ande pensando que estás loco. Porque eso es en verdad lo que él piensa de ti. Además, no sé por qué quieres juntarte con él, ¿apoco ya no te diviertes conmigo?- Me preguntó Raúl, a la vez que me quitaba otra vez el carro. Le expliqué que quería que lo conociera para que pudiéramos jugar los tres todas las tardes. –Bueno, creo que ya viene. Le dijiste que hoy viniera a conocerme. ¿No?- Raúl se quedó inmóvil mirando hacia la escalera. Comencé a escuchar los pasos que subían, muy lento. –Es re puto- dijo Raúl, mientras me hacía señas para que fuera por Víctor. Me acerqué a la orilla de la azotea y vi cómo Victor estaba apenas a la mitad de la escalera. –Apúrate, Víctor. Ya está aquí Raúl. Traje mis jouils para que juguemos-. Víctor subió por fin a la azotea. Comenzó a respirar muy fuerte y me miró enojado. – ¿Ya ves? Me engañaste otra vez. Estás solo acá arriba- me dijo Víctor, y me dio una patada debajo de la rodilla. Me agaché porque me dolía mucho. Voltee y vi que Raúl ya no estaba. Sólo vi los coches en el suelo. Le dije a Víctor que teníamos que buscarlo, porque de seguro se había escondido dentro del tinado, como el chavo del ocho. – Mi mamá tiene razón, estás loco. Yo mejor me bajo- dijo Víctor, y se dio la vuelta para regresar a las escaleras. De repente, Raúl salió de atrás de uno de los tinacos y empujó a Víctor. Sólo vi cómo él intentó volar con los brazos. Escuché su grito y después un ruido muy fuerte, como el ruido que escuchas en tu cabeza cuando caes sin poner las manos. Me asomé por la orilla de la azotea. Vi a Víctor acostado. La gente se iba juntando a su alrededor, algunos caminaban con cuidado para no pisar su sangre. Ahora sé, me lo dijo mi mamá, que Víctor no era imaginario.            

miércoles, 4 de mayo de 2016

¿A dónde va Inés?

Ira, allá va la Inés, ¿te acuerdas? ¿Sí, no? Sí, la misma que fue con nosotras en la secundaria. Uy, tienes razón, ya nada queda de aquella chamaca con la que íbamos al río a nadar cuando nos salíamos de la clase del Pituche. ¿Te acuerdas que se metía encuerada al agua así bien fría? Sus chichis eran inmensas al lado de las nuestras, sus caderas ya estaba listas para el matrimonio. Mmmta, yo la veía con envidia y, cuando volteaba y te miraba, me daba cuenta de que sentías igual. Ay, pinche Inés, a sus doce o trece años ya tenía a un chingo de cabrones tras de ella. Ya ni terminó la escuela. Le pasó lo mismo que a muchas de nosotras, sus papás le encontraron marido. Se la ofrecieron a Don Diego. Ajá, ese mismo, el señor güero él, que tenía algunas tierras por allá donde terminaba el pueblo.
Írala, pobre. Va hablando con su sombra y ‘ora la gente se ríe de ella. Todos los días sale de su casa a la misma hora, la noche llega y ella no; se queda platicando con las estrellas que nadan borrachas en lo poco que queda del río. Para muy temprano en la mañana, cuando el pan ya está por salir, se le siente regresar en silencio.
Martín, ése, el chismoso de la tienda, al que le gustabas en la escuela, nos contó una vez. Dice que regresó bien pedo de un baile allá en el pueblo que le dicen El cajón y que la dormidera lo agarró a medio camino. Cuando despertó, vio a una mujer parada junto a él. La peda se le bajó al momento.  Era Inés y lo veía como con desilusión. Ella siguió su camino y Martín fue detrás. Iba descalza, como siempre, y sus pies iban enlodados. Dice Martín que vio cómo se metía al río y que el agua apenas pasaba sus tobillos. La escuchó cantar, pero dice que no se acuerda de qué canción era; y la dejó, allá con su soledad y el viento frío. Se regresó chillando. Pobre Martín, creo que fue el único que la quiso.
No, nunca lo peló. Inés de verdad quería a Don Diego, a pesar de la diferencia de edad y de que se la madreaba. Tú ya no la viste, tiene mucho que te fuiste de acá, pero la hermosura de Inés como que se le remarcó con los años. A todos los lugares donde llegaba no faltaba quien le chiflara o le dijera alguna majadería. Las mujeres comenzaron a hablar, no la aguantaban; decían que se metía con uno y con otro porque de seguro al viejito ya no se le paraba. Pero yo sé que ella nunca engañó a Don Diego. Sí, quién sabe por qué. Ya ni cuando él comenzó a perderlo todo. Ah, es que al viejito le entró por las apuestas. Se envició con las cartas. Al final sólo les quedó la triste casa de donde sale Inés todos los días. Fue en esos días cuando se la comenzó a madrear más, yo creo que se desquitaba con ella por sus pérdidas. Pero como que se calmó cuando nació Ernestito, el único hijo que Inés tuvo de Don Diego.
Les duró poco el gusto, Don Diego se murió cuando su hijo tenía como tres añitos. Di tú que tardó mucho en petatearse. Creo que le llevaba como cincuenta años a la Inés. Luego tuvo más problemas la pobre. Como no había sido la primera esposa del viejito, sino la cuarta, los hijos de los otros llegaron luego luego como zopilotes a querer quitarle a Inés las cosas que según le había dejado el esposo. Ya después se dieron cuenta que no tenían nada y se fueron. Así que por mucho tiempo hubo mucha tranquilidad en el rostro de Inés. Vivía de una parcelita, al mismo tiempo que compraba y vendía cualquier chacharita. Quién diría que ahora vive de la caridad.
Ah, sí. Pues Ernestito se hizo todo un hombre, alto, moreno, muy guapo… Despertaba el deseo, así como antes su mamá. N’hombre, y deja tú que fuera guapo. No sé cómo le hizo, pero la Inés logró que su hijo fuera ingeniero agrónomo; así, nomás de vender chingaderitas. Hacían fila las chamacas locas que se querían casar con su hijo. Con el tiempo, Ernesto se logró hacer de algunas tierritas y les ayudó a los otros a mejorar la cosecha. Era un ángel, todos lo echamos de menos…
No, bueno fuera que nomás se hubiera marchado. Un día llegaron personas del gobierno, venían a mirar las tierras. Decían que el progreso llegaría a estos rumbos. Yo no sé mucho de eso, sólo sé que el progreso vuela cerros o los parte. Nos ofrecían una miseria por nuestros terrenos. La gente no quiso vender, menos ahora que teníamos mejores cosechas.
Una tarde,  unos hombres armados llegaron y nos dijeron: “Indios hijos de la chingada, si no aceptan lo que se les ofreció, van a valer verga”. Andaban de aquí para allá echando maldiciones. Ernesto decidió juntar a los hombres, les dijo que era necesario el organizarse para defender lo nuestro. Algunos lo apoyaron, otros creían que una carretera podría beneficiar a la comunidad. A éstos ya los compró el gobierno, pensamos varios. Ya ves, poderoso caballero es Don Dinero.
La gente comenzó a hablar. Decían que pa la próxima que los hombres armados llegaran, no los dejaríamos salir, sin importar lo que pudiera pasar.
Una noche, Rogelio, mi marido, llegó asustado a la casa; era ya muy tarde, yo estaba durmiendo. Se acostó junto a mí y sentí cómo el sudor mojaba las sábanas. Le pregunté que qué le pasaba. “Nada mujer, sigue durmiendo”, me contestó él. A lo lejos, pude escuchar los balazos y los gritos. Oí cómo los unos carros iban y venían por las calles. En mis oídos retumbaban las groserías y el chillido de las llantas.
Al otro día las calles amanecieron mudas, algunos de nosotros no estaban. Con el tiempo unos volvieron, no quisieron decir dónde estuvieron; otros terminaron en la cárcel, ahí siguen, sin un juicio siquiera. A Ernesto lo encontraron en la orilla del río, tenía la cabeza destrozada y dos tiros en el pecho. Estaba que no se le podía ver. Tuvimos que hacerle un funeral a caja cerrada, todos sabíamos que se trataba de él. Todos, menos ella. Cuando Inés corrió a verlo, el día que lo encontramos, al mirarla podías darte cuenta de que la cordura había escapado de ella. No lloró ni gritó, sólo dijo que ése no era su hijo. Y se fue a su casa, no la vimos en varios días. Entre todos enterramos a Ernesto.

Un día, vimos a Inés por las calles, pero ella ya no era la misma; comenzó a ser como ahora la ves, vagando de día y dirigiéndose al río por la noche. Cruza la nueva carretera para llegar hasta allá. Sí, la misma por la que llegaste. Todos sabemos a qué va. Se los puedes preguntar. Anda, ve y pregúntale. ¿Ya?, y ¿qué te contestó? ¿Ves? Lo mismo de siempre: “Voy al río a ver a Ernesto, le llevo su pistola. Se quedó de ver con los muchachos. Esta vez no nos dejaremos”.